Foto: Página web oficial del G20

Se acerca la fecha de la realización del G20 en Argentina, el cual se encuentra formado por grupos de afinidad “independientes” entre los que se encuentran: Woman 20 (mujeres), Youth 20 (jóvenes 20) y este año se incorporó Science 20 (Ciencia 20). Este último es el grupo más nuevo, creado de forma arbitraria, sin participación heterogénea ni gran difusión, ni consultas a instituciones públicas y/o ONG´s especializadas en los temas.

El pasado 24 y 25 de julio, se realizó un debate en Rosario cuyo cierre estuvo a cargo de Lino Barañao, actual Secretario de Ciencia y Tecnología en el Ministerio de Educación de la República Argentina, y del que participaron solamente dos instituciones: la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (ANCEFN) y el Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario.

El debate giró en torno al manejo sustentable de los suelos y su preservación y la seguridad alimentaria.

No es casualidad que esta reunión se haya llevado a cabo en Rosario, una de las mayores ciudades exportadoras de soja y sus derivados, así como de maíz. Tampoco es casualidad que Barañao, quien defiende el uso del glifosato en áreas rurales, haya cerrado la jornada. Su postura entra en contradicción con la del Doctor en Ciencia Andrés Carrasco, investigador del Conicet, que dedicó los últimos años de su vida a luchar contra la persecución y estigmatización, el establishment científico y las corporaciones tras haber confirmado los efectos devastadores del glifosato. 

Los dos ejes de discusión del S20 y las conclusiones de su página web defienden la seguridad alimentaria y llaman a preservar los suelos con una serie de “consejos” muy lejanos a las políticas que aplican los países del G20. Al mismo tiempo, la página del Science 20 en inglés, impone una barrera comunicacional para los y las que desconocen el idioma.

El G20 no para de impulsar políticas extractivistas en países latinoamericanos ni de exportar productos como minerales, soja o litio, así como promover el aumento de la contaminación de los suelos con técnicas como el fracking y/o minerías a cielo abierto, con trabajadores en condiciones precarizadas que exponen su salud a graves consecuencias.

A su vez, estos países son defensores de una agricultura basada en agrotóxicos, fertilizantes y semillas transgénicas, con consecuencias graves  en humanos como malformaciones, alergias, cáncer, morbilidad y mortalidad. También, alteración de la biodiversidad, extinción de flora y fauna, alteración e infertilidad de suelos, contaminación del agua y propagación de enfermedades.

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Todas estas políticas favorecen desigualdades económicas al privilegiar a quien pueda comprar las mejores semillas transgénicas, y mucho más aún a las corporaciones dueñas de sus patentes.

Estados Unidos fue el primer país del mundo en implementarlas, imponiendo un modelo de monocultivo, leyes de patentes, derechos de obtentor y normas de certificación que permiten a las empresas semilleras, como por ejemplo la tan conocida Bayer-Monsanto, que solo circulen semillas registradas. Así, criminalizaron a pequeños agricultores y/o campesinos, calificando sus semillas de “criollas” y prohibiendo su intercambio y/o regalo perjudicando al agricultor primario, pueblos rurales, huertas de familia y de sustento. De esta manera, dejaron de lado el autocultivo, la agricultura sustentable y la soberanía alimentaria; así como también provocaron y pusieron en riesgo la cultura y sabiduría ancestral de pueblos originarios.

Los países del G20 son responsables del 75% de las emisiones de gases del efecto invernadero en la atmósfera. Estados Unidos en particular es el país que más ha emitido dióxido de carbono en la historia. Son responsables del cambio climático, el deshielo de glaciares y la crisis mundial del agua.

Es clara la contradicción e hipocresía de esas naciones en sus pretensiones de una economía de crecimiento infinito frente a recursos no renovables y sin respetar los límites de la naturaleza ni la vida humana. Las consecuencias las vivimos día a día mundialmente a través de sequías, huracanes, temperaturas extremas, y la lista es infinita.

También queda claro que sus políticas perjudican preferentemente a los que menos contaminan y menos consumen, día a día aumenta la pobreza, el mal vivir y sobre todo la feminización de la pobreza. La crisis laboral y las salvajes políticas de ajuste del capitalismo afectan principalmente a identidades femeninas, mujeres, trans, travas, identidades disidentes, no binaries, negras, rurales, migrantes y pueblos originarios.

Tampoco desde el S20 y G20 se proponen ejes de trabajo sobre las enfermedades que más afectan a países de bajos ingresos, principalmente países latinoamericanos, como  los virus del dengue, chikunguña y zika, la enfermedad de chagas, tuberculosis, paludismo, leishmaniasis, afecciones respiratorias, diarreicas, malaria, HIV, prematuridad y bajo peso al nacer. Así como tampoco se menciona que la falta de legalización del aborto es la primer causa de morbilidad y mortalidad en cuerpos gestantes.

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El G20 será un evento lleno de vallas, intervención militar, carros hidrantes, represión y criminalización en el cual la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, que es quien tiene que cuidarnos, invitó a los porteños a irse de la Ciudad y se declaró un feriado y un paro de transportes, mientras la alianza Cambiemos no para de repetir en su discurso “la falta de cultura de trabajo” y las “pérdidas” de plata que le genera al país cuando hacen paro los transportes.

En un país en el cual la pobreza afecta a más de doce millones de personas, donde las salvajes políticas capitalistas no hacen más que hambrear a la población, y donde existen enfermedades y problemas de salud que no deberían existir y ya fueron erradicados por otros países hace muchos años, es fundamental discutir qué modelo científico nos representa y a favor de qué intereses tiene que estar la ciencia argentina y latinoamericana. Necesitamos una ciencia pragmática y no figurativa que discuta las problemáticas que afectan al pueblo y esté a su entero servicio.

¡No nos representan!

*Valeria Torralba Agu es bióloga y becaria doctoral en Farmacia y Bioquímica de la UBA.

 

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