Siete de cada diez mujeres, lesbianas, travestis y trans afirman haber sufrido por lo menos una situación de violencia física o sexual a lo largo de sus vidas. En la mayoría de los casos estas situaciones tuvieron lugar en el marco de relaciones de pareja. A su vez, el 93% de las mujeres, lesbianas, travestis y trans refiere haber padecido al menos una situación de acoso o violencia psicológica: sabelo, no estás sole.

Son múltiples las formas en que puede manifestarse y atravesarnos la violencia. La violencia puede ser más o menos intensa. Más o menos frecuente. Dejar marcas más o menos visibles. Pero jamás está justificada. No importa cuán fuerte nos griten para que nos lo creamos: nunca es nuestra culpa o responsabilidad.

Cuando logramos visibilizar estas torturas domésticas en pleno siglo XXI, empezaron a catalogarnos en función de nuestro merecimiento de la etiqueta de “víctimas”. Meritocracia de la empatía en un sistema que nos enseña que la responsabilidad siempre es individual; tanto de la violencia que sufrimos como de la violencia que sobrevivimos. Así, nos dividieron entre buenas y malas víctimas. Aquellas merecedoras de lástima por fragilidad o inocencia -o bien, un privilegio de clase- y las que, de alguna forma u otra, nos la buscamos.

“Nos quieren convencer de que son enfermos marginales del sistema; seres horribles y extraterrestres. Pero son nuestras parejas…”

Pero nos resistimos a seguir siendo sus víctimas. La idea de víctima nos limita y aísla, tanto entre nosotras como respecto al sistema estructural que sustenta y necesita la violencia para subsistir. Rechazamos que nos siga definiendo, limitando nuestra potencia como sujetas activas, políticas, autónomas y libres.

La idea de víctima va de la mano del violento como monstruo. Nos quieren convencer de que son enfermos marginales del sistema; seres horribles y extraterrestres. Pero son nuestras parejas, y en particular las heterosexuales, esas que nosotras un día elegimos, con quienes corremos estadísticamente mayor riesgo de sufrir violencia. Ellos, los  hijos sanos del patriarcado.

Si decidimos compartir la vida con una pareja es por elección, no por necesidad u obligación. Y ninguna elección es eterna. Ser libres implica poder elegir con quién y cuándo compartir nuestros cuerpos y tiempos. Podemos elegir todas las veces que queramos y cambiar de opinión si así lo deseamos. Siempre podemos elegir, no importa cuánto nos quieran imponer lo contrario. Y siempre, pero siempre, hay salida.

Feminismo. Humor gráfico
Ilustración: Alejandra Lunik

El derecho a una vida sin violencia es un derecho humano, y nadie lo va a defender por nosotres. Pero no estamos soles en ello. Se esfuerzan tanto en aislarnos porque saben bien lo poderosas -y peligrosas- que somos al sabernos juntas. No fueron ingenuos todos esos relatos, cuentos, películas y novelas que mamamos en la infancia donde competíamos entre nosotras. No es “natural” esa tendencia que tenemos a compararnos y a criticarnos. Tiene un origen y un sentido, y por eso mismo podemos desarmarla. Ya lo estamos haciendo.

No se trata de que no podamos solas sino de visibilizar el poder y la fuerza de ser con otras. Si mirás a tu alrededor vas a encontrar una amiga, una prima, una vecina, una compañera, una hermana. Y esa amiga, esa prima, esa vecina, esa compañera, esa hermana tiene otra, otras. Y así vamos tejiendo poderosas redes. Redes que nos sostienen, que nos contienen, que nos dan seguridad, que nos hacen “piecito” para alcanzar todo aquello de lo que somos capaces aunque nos hayan querido hacer creer lo contrario. Redes que se vuelven infinitas e incondicionales. Porque la salida de la violencia nunca es lineal y no estamos para juzgarnos, sino para acompañarnos, en todas y cada una de las idas y vueltas que sean necesarias hasta romper el laberinto.

No hace falta haber estudiado el feminismo para practicarlo. Todas llevamos dentro una historia propia que es, a la vez, colectiva. Tenemos experiencias, ideas, miradas, sentimientos que le aportan a la otra y a todas. Y entre nosotras, todas valen: todas valemos. Aunque afuera insistan en negarnos. Justamente porque nos quieren –y necesitan- sumisas, calladas y dependientes, nuestra voz tiene tanto poder. Mucho más del que sospechamos hasta el momento que la encontramos.

Compartiendo nuestros miedos y dolores podemos desarmarlos. No hace falta hablar, ni tener siempre algo que decir, alcanza con escuchar, desde un lugar sincero y sin prejuicios, alcanza con abrazar, alcanza con estar. Estar para nosotras. Es la única salida real y definitiva de la violencia. Y nadie dice que sea fácil; implica valentía y, sobre todo, mucho, pero mucho amor. Amor a nosotras mismas, a quienes nos rodean, a la vida. A una vida que valga la pena ser vivida.

El silencio no es salud. Nos quieren calladas porque nos tienen miedo. Nos enseñaron a callar pero también a que si hablamos lo hagamos con vergüenza, con pudor, con culpa. Como si algo estuviese mal en nosotras por haber “permitido” la violencia. Como si la violencia pudiese permitirse y no fuese algo que se nos impone. Y se nos impone como norma, aunque no esté escrita más que en nuestra piel y en nuestra historia.

Tolerancia cero a la violencia. El amor no duele. Si duele, si incomoda, si controla, si juzga, si grita, si te hace sentir menos, no es amor. Es otra cosa. El amor es confianza y es libertad.

 

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