El amor puede tomar varias formas, y cada cultura en distintas épocas de su historia lo ha interpretado de múltiples maneras. Sin embargo, pese a que el mundo progrese de manera cabal día a día, año a año, el desamor (lo que creemos como desamor) es algo que no varía: sea en el renacimiento, en la época medieval, en el romanticismo, existencialismo, modernidad, etc., cuando alguien es abandonado por su amor el dolor es el mismo. Todo se desmorona, todo es secundario al lado de ese amor que ya no está, y que deseamos olvidar o recuperar según el tamaño de nuestro dolor. La tradición poética ha trabajado el tema del desamor en innumerables páginas, pero “Ensueños” (Azul Francia) de la joven Gabriela Lucatelli es un libro para prestar suficiente atención.

Ubicada en un camino que han sabido transitar Idea Vilariño, Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik, Lucatelli escribe desde lo que creemos la decepción del amor terminado. No conforme con mostrar esa decepción, la autora no disimula su herida: “Si no planeabas quedarte, / ¿Por qué no te fuiste antes?” escribe, o también: “Me enredé con mi propia cabeza / y no hice más que tirarme al abismo / porque nadie estaba esperándome / al final del camino” [Inventé amores].

Sin embargo, las cincuenta y seis páginas del libro nos muestran el camino que la autora recorre y que no se queda solamente en el dolor, sino también toda una serie de eventos que son el duelo progresivo. La esperanza de volver a ver a ese amor (“yo solo quiero pensarte / y que me tiemblen las piernas / que nos ríamos del mundo aque sea todo una mierda”), la angustia (“deseo apagar / uno a uno / todos los lugares / donde tu rostro / aún quema”), la resignación (“el problema fue / haberte conocido / en el peor momento / de tu herida”).

El camino es lento, pero justo. Olvidar, o al menos quitarle el peso necesario a eso que creíamos indispensable para nuestra existencia, es una forma de seguir adelante, y al menos un consuelo para no repetir errores. De alguna manera, la autora lo comprobó al momento de redactar el libro, y el mismo libro es un ejemplo de esa madurez. El último poema del libro es muy breve, pero también suficiente para cortar de raíz toda ilusión y salir adelante: “Lo que no me mató / se transformó / en un poema de amor / para contarle al mundo / que por vos no muere nadie”.

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