En el año 1974, el escritor mendocino Rodolfo Braceli editó un poema-novela llamado “El último padre”: realata la historia de un hombre que le cuenta del mundo por venir al hijo que espera con su mujer, pero ese mundo es un mundo habitado por la superpoblación y en donde está prohibido traer niñxs. En él, el hijx que espera toma la analogía de un árbol que va creciendo en el vientre de la mujer. Por eso, a lo largo de sus cuarenta y nueve poemas, el personaje le llama “Maderita”. No es una novedad que la literatura asocie el fruto o al árbol a lo que crece de manera interna, pero esa referencia a Braceli puede servir como una puerta e ingresar en el mundo que Jimena Arnolfi describe en “Hay leña”, editado por la exquisita editorial Caleta Olivia.

Más de una treintena de poemas forman parte de este libro que describe el estado de ánimo de una artista que decide renunciar a la habitualidad de una ciudad para centrarse en el campo y contar qué experimenta su alma. “Miro el color de las primeras brasas. / El cuerpo peligroso se acerca a la llama / soplo suave, se apaga si no se aviva // de las cenizas nace un brote de mí, frágil, pero dispuesto” [Hay Leña]. Lo pequeño la identifica, lo oculto entre la naturaleza, tan oculto como nosotros: “La pulsión de la vida busca / entre las piedras como esos yuyos / que crecen a través del asfalto” [Menguante].

La artista huye no solo de la ciudad, si no de un dolor que no podemos identificar mas sí adivinar: “Le voy a contar a mamá / que dejé de llorar / aunque sea mentira” [Cuidados]. “No me tomo muy en serio. // Cuando salga el sol voy a lavar, / observaré cómo se marea lo sucio / colgaré al sol todo lo que duele / a ver si sana algo alguna vez // Sería más fácil para el olvido /que pase el temporal, hoy / quiero ser más fuerte” [Pestaña]. “En tiempos de autopromoción constante, / lo mejor es esconderse” [Hibernación]

Mientras las páginas del libro van pasando, experimentamos que la autora se va asociando con la naturaleza del espacio donde habita: ella es la naturaleza, la naturaleza es ella. “Nos avanza la noche / trae la espesura, / llega hasta la casa, / entrecruza las ramas, / enrosca lo bueno con lo malo” [Maleza]. En “Hormigas” dice: “El refugio de las hormigas está sobre un roble, a la intemperie / y al mismo tiempo a salvo. / Las obreras son fecundadas / para cuidar y defender la fortaleza / (…) / Necesito confiar, la naturaleza / sabe cosas que la experiencia no conoce”.

No es casualidad, tampoco, que varios títulos refieran a esos espacios naturales: Maleza, Luciérnagas, Arañas, Tormenta, Palo Santo, Fuente, Animal, Humedad, Hibernación, Maleza, Botánica, etc. Los personajes que aparecen en el libro nos muestran esa cotidianeidad que abraza a la artista en sus días de campo: el jardinero, la señora que vende yuyos al costado de la ruta, los perros y, sobre todo, los árboles y las plantas.

Los árboles y las plantas, sí, porque al fin y al cabo son en cierta medida parecidas a nosotrxs, y que desde el silencio nos dicen que las cosas crecen, que tienen que pasar, que nadie conspira contra nosotrxs salvo nosotrxs mismos, y que está en cada uno saber crecer el fruto anhelado: “Cuando la naturaleza calma / voy a buscar mi árbol, / el que sufre las heridas. / Entonces veo el brote tímido / y feliz, te llamo a gritos. / El árbol que creí muerto, / está floreciendo” [Canto].

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