Foto: Maura Zarza

¿Qué significa habitar la democracia para quienes nacimos mucho después de recuperarla? Para quienes nacimos con la democracia naturalizada, ya fuera de peligro y con el sabor agridulce de lo posible, no representa lo mismo que para quienes lucharon por ella, que conocieron de cerca el horror de dictaduras, que se ilusionaron y decepcionaron pero que siempre concibieron su valor como un dato irrefutable de la realidad.

Para quienes, en cambio, nacimos con ella, la democracia —y no su valor— es lo que constituye un dato de la realidad. Su valor, si bien no es cuestionado, aún no nos fue tan claramente demostrado. Más allá de sus múltiples grietas —las verdaderas— generadas por el gatillo fácil, el hambre, la represión, el desempleo, las presas políticas, los feminicidios, la desigualdad y la violencia institucional; elegimos cuidarla y podemos entender racional e históricamente su valor —en absoluto la desmerecemos, que no se malinterprete—, pero no tuvimos la oportunidad de sentirlo en carne propia. Hasta el 13 de junio.

Crédito: Gisele Volà
Crédito: Gisele Volà

El 13 de junio acuerpamos la democracia. Fue un despertar del cual no hay vuelta atrás posible. Por primera vez nos sentimos protagonistas de una historia viva. Nosotres, a quienes nos habían dicho que ya estaba muerta, que llegamos tarde, cuando todo había sido intentado y perdido; que los grandes sueños nos quedaban grandes y que nos quedaba únicamente salvarnos a nosotres mismes, acariciades por la nostalgia eterna de una lucha ajena.

¿Qué hay detrás de que tantos corazones recuerden el 13J como de los días más emocionantes y bellos de sus vidas? ¿Qué hay detrás de la ley de interrupción voluntaria del embarazo? ¿Qué hay detrás de nuestra inminente victoria? Quizás sea aún muy pronto para ponerle palabras, pero flotan en el aire algunas certezas. La certeza de una fuerza invencible y ¿casi? mágica al sabernos juntas. A su lado, la certeza de que la calle es nuestra, pero no en un sentido de propiedad, sino de pertenencia. Y en ese mismo sentido –y quizás por eso—, también la democracia.

¿Qué es la democracia sino la expresión colectiva de una voluntad? ¿Qué reflejan realmente los miles de pañuelos verdes que pintan nuestras ciudades? ¿Y el millón de cuerpos en la calle esa noche fría de junio? ¿Y las centenas de expositores que argumentaron en el Congreso? ¿Y el debate que inundó todo espacio, atravesando generaciones y desafiando relaciones de poder para llegar a cada hogar, cada escuela y cada barrio?

“¿Qué es la democracia sino la expresión colectiva de una voluntad?”

¿Y cómo denominar, en cambio, a los ataques violentos a las pibas con pañuelos? ¿y su censura en los colegios? ¿y la divulgación de cínicas mentiras negando estadísticas, ciencia y realidades? ¿y la presión eclesiástica a legisladores de un estado que se supone laico?

Acuerpamos la democracia porque la sentimos en el cuerpo. Entendimos que la democracia era eso, y que nada tenía que ver con aquello que sucedía en un cuarto oscuro cada dos años. Ni individual, ni privada, ni esporádica; nuestra democracia es colectiva, callejera y cotidiana. Así, ese jueves de junio, sospechábamos que, si se votaba en contra, no caía únicamente un proyecto de ley, sino que, con él, caía entera y en pedacitos su forzada legitimidad. Hacia el #8A, la sospecha no hace más que crecer.

Verde esperanza

Cuidado, senadores. Afuera les espera una manada alerta y despierta. Podemos comprender su cobardía, el pánico que genera el creciente cuestionamiento de sus privilegios, pero no estamos dispuestas a seguir tolerándola. Si no están a la altura de su tiempo, sepan que la historia cobra caro la ceguera: ignorar a la juventud es condenar al pueblo al pasado y negarle su futuro.

Mientras ustedes juegan con él, nuestra paciencia se agota. Estamos hartas de que a fuerza de un institucionalismo berreta y una burocracia asquerosa insistan en hablar por nosotras. Tenemos voz y, aunque costó, juntas aprendimos a usarla y a valorarla. Ya no nos callamos más ni en la cama ni en la calle, y no vamos a parar hasta que escuchen. Son nuestros los cuerpos que están en juego, nuestras las muertes y nuestros los miedos que produce su cínica clandestinidad. Escuchen, que su resistencia no hacen más que amplificar nuestro grito.

 “Ignorar a la juventud es condenar al pueblo al pasado y negarle su futuro.”

La revolución feminista nos obliga a profundizar nuestra democracia y el ejercicio de nuestra ciudadanía, resignificando cómo las entendemos y habitamos. A través suyo descubrimos nuevas formas de participar, de actuar, de construir comunidad y de ser con otres. Construimos así otra política, reinventando las formas en que se hace, se piensa y se siente. Por más que insistan, no pueden seguir ignorándola; su potencia y necesidad ya los está desbordando.  

El derecho al aborto es, para muchas, una deuda de la democracia. La asignatura pendiente por la que se viene luchando hace décadas. Pero para nosotras es aun un poco más que eso: es, en sí, la democracia. Si insisten en negar nuestro derecho a decidir, nosotras nos negamos a llamar a esto democracia. Nuestra revolución viene por todo. También, por una democracia real, popular y feminista.

 

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