Violada por una manada de policías y luego estrangulada con un cordón de zapatillas. Ropa íntima salvajemente arrancada, mano izquierda quemada con cigarrillos.

El femicidio de Natalia Melmann ocurrió hace 17 años durante un verano en el cual mis viejxs y yo vacacionábamos en San Bernardo. Recuerdo que eran una de las primeras vacaciones de mi hermano sólo con sus amigos. No me olvido más de lo que sentí al enterarme de la aparición de su cuerpo en un paraje desolado, tapado de ramas, ropa desgarrada y evidentes signos de haber sido violada no por uno, sino por varios policías de la bonaerense. Violentada, torturada y femicidada por una jauría desatada.

En aquel entonces yo tenía 15 años, un año menos que Natalia. Recuerdo sentir mucho miedo, pensé que me podía pasar a mí si me iba de vacaciones sola con amigas, tal como lo había hecho mi hermano ese mismo verano. Y sí, ese es el aire (asfixiante) que respiramos las mujeres desde que nacemos. Un aire cargado de temor a que si salimos a la calle nos violen y nos maten. Miedo a no volver a casa. Un tremendo temor a que nuestro cuerpo termine tirado en una zanja o arrojado a un basural.

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Hoy 3 de julio de 2018, 17 años después de aquel salvaje femicidio cometido por 4 policías bonaerenses contra el cuerpo de una adolescente, los jueces Peralta, Riquert y Sueyro decidieron de forma unánime absolver a uno de los femicidas.

Su nombre es Ricardo Panadero. Probablemente casi nadie conozca su rostro ni sepa detalles de su vida íntima. Ex sargento de la Policía Bonaerense, acusado de torturar, violar y matar a Natalia Melmann.

Panadero

Al parecer la muestra de ADN (se halló vello púbico del acusado en el cuerpo de la víctima), los testigos y los peritajes no fueron suficiente ante los ojos de una justicia patriarcal. Para completar el cuadro, los tres policías condenados en el 2002 por la violación y asesinato de Natalia gozan actualmente de salidas transitorias cada 15 días.

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Sus nombres son Ricardo Suárez, Oscar Echenique y Ricardo Anselmini. Probablemente tampoco conozcamos sus rostros, cómo pasan sus días allí y como eran el tipo de vida que llevaban previo al femicidio, cómo se vestían por ejemplo. En cambio sí conocemos el rostro, el cuerpo, las fotos subidas a las redes sociales y cada detalle de la vida íntima de Nahir Galarza, la joven de 19 años condenada hoy a prisión perpetua por haber asesinado a Fernando Pastorizzo en la provincia de Entre Ríos.

Afuera del tribunal (TOC Nº4) de Mar del Plata, las mujeres del movimiento feminista y lxs familiares de Natalia fueron reprimidxs con balas de goma por la policía bonaerense.

“Están para cuidar a la gente, protegerla, no para tirarle gases, ni maltratar al obrero… ¿Qué hicieron? ¿Qué les hicieron? ¿Por qué esto? Cuídennos, protéjannos, no nos maten, no repriman”, les dijo Laura Calanpuca –mamá de Natalia- en un grito desgarrador a los uniformados, mientras que Gustavo Melmann levantaba del piso los cartuchos de las balas de goma y se las mostraba a las cámaras, para que no queden dudas de la represión ejercida contra lxs allí presentes.

¿Cuánto dolor y sufrimiento soportan los cuerpos? Nuestros cuerpos, los de Laura y Gustavo, quienes desde hace 17 años los mantiene en pie la búsqueda de la verdad y la justicia para su hija Natalia. Me voy a dormir con una angustia profunda y no dejo de pensar en el rostro de Gustavo, en sus ojos, en su mirada. La admiración a la lucha sostenida de esa madre y ese padre es proporcional al repudio que me provoca la (in)justicia misógina y patriarcal que hoy se pavoneó con total obscenidad. La imagen es la síntesis del horror: la policía que te viola y te mata es aquella que luego te reprime cuando protestas ante la injusticia de un sistema judicial que nos revictimiza una y otra vez.

Es la medianoche y no puedo dormir. Recibo un mensaje de una amiga que me dice: “Mandale un beso y abrazo de mi parte a Gustavo. Quizás no sea la justicia…pero sí hay una red de amor y contención que está para apoyarlo y acompañarlo”.

 

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