Crédito: Laki Pérez

En vísperas de tratarse en la Cámara de Senadores de la Nación el proyecto de ley para la legalización del aborto en Argentina, al igual que otras mujeres, tuve impulso de escribir y contar mi propia historia. Mientras intento ordenar las ideas, surgen algunas dudas por exponer a mi familia, en especial a mis padres, quienes siempre fueron conocedores de esta verdad tan incómoda para ellos. Sin embargo, como señala Ana Correa en su conmovedor testimonio, es mucho lo que se juega en estos días. La lucha política es más significativa que nuestras propias individualidades.

Era el año 2002 y cursaba mi último año de secundaria. Los días pasaban y no me venía.  Así, una mañana en el baño de la casa de una amiga, hice la prueba del evatest y dió positivo. Estaba embarazada y muchos interrogantes sin responder. Tenía 17 años. Volví a mi casa y me acobije en la cama, hasta que mi madre me preguntó: ¿Qué querés hacer? No quiero tenerlo, respondí. En pocos días, con la tozuda voluntad que la caracteriza para encarar los problemas familiares, todo estaba resuelto. De ahí a La Plata, análisis en el hospital público y luego una casa equipada para las intervenciones. A decir verdad, nunca cuestioné sobre los riegos a los cuales me exponía. Por el contrario, tenía la certeza que dadas las condiciones materiales y económicas de una familia acomodaba, contaba con los recursos para pagar un aborto seguro.

Todavía mantengo algunas imágenes borrosas del aquel día gris, en especial la camilla ginecológica y el estado somnoliento de la anestesia. ¿Y después? Y después el silencio. El silencio frente de la mirada de un pueblo chico, donde todos nos conocíamos. Un silencio que mantuve inclusive con quienes me acompañaron incondicionalmente en mi decisión. Fue con el transcurrir del tiempo que me reencontré con esas mismas personas, y además conocí a otras, con las cuales pude compartir mi testimonio sin los tabúes impuestos. Porque para tomar una decisión libre, también necesitamos despojarnos de las culpas y los miedos que nos pretenden imponer, avasallando el derecho para decidir sobre nuestros cuerpos y la vida que deseamos llevar.

En mi experiencia personal, no fue una decisión fácil de tomar, como así tampoco, ha sido fácil exponer mi historia abiertamente sin encontrarme algunas veces, con una extraña reacción que devela, la vigencia de los dilemas morales y religiosos que hoy sostienen en éste debate los sectores más reaccionarios y conservadores de la sociedad. Porque mientras estamos quienes tenemos las posibilidades de afrontar un aborto seguro, muchas otras mujeres, en su mayoría jóvenes y empobrecidas, son expuestas a las condiciones más terribles del aborto clandestino, hasta sus propias muertes. La interrupción voluntaria del embarazo no tiene que ser privilegio, sino un derecho de todas nosotras.

A cada una de las mujeres muertas por aborto clandestino, mi testimonio más sincero y gracias a la gran lucha de miles de mujeres que salen a la calle con sus pañuelos,  hoy puedo sentirme un poco más libre para decir: yo también aborté. No me arrepiento de la decisión que tomé a mis 17 años.

Gracias marea verde.

¡Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir!

Victoria Martínez

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