Mónica Santino es jugadora de fútbol, entrenadora y directora técnica. Todo un conjunto de roles que, de primera mano, casi nadie asociaría a una mujer. Sin embargo, la experiencia de Mónica y el colectivo La Nuestra nos dicen que hoy para las pibas es posible, a fuerza de cuerpo y garra, apropiarse de una cancha, aprender a patear la pelota, levantar la cabeza y eludir la marca de los destinos predeterminados en el barrio. Práctica deportiva y reflexión son parte de la identidad que este proyecto construyó alrededor del fútbol como un escudo. Para asumir el cuerpo como territorio propio y tener la confianza suficiente para animarse a tirar caños, chilenas y alguna que otra gambeta contra el patriarcado.  

La Nuestra es un colectivo de mujeres entrenadoras de fútbol, preparadoras físicas, kinesiólogas, entrenadora de arqueras, que se conformó hace 11 años y desde fines del 2007 vienen ofreciendo un espacio destinado a la práctica de fútbol femenino en barrios como la Villa 31. El espacio fue creciendo  y hoy ya son cerca de 90 mujeres, desde las más pequeñas de 5 años, pasando por las jóvenes y adolescentes, hasta las que sobrepasan los 30. Desde hace algunos años vienen acompañando la práctica futbolística con espacios de debate en torno al cuerpo, a la construcción de su identidad y en lo práctico a cómo pararse frente a la violencia machista. Este laburo lo vienen realizando de la mano de la colectiva feminista Cocoin, con quienes muchas de ellas además comenzaron a participar de los Encuentros Nacionales de Mujeres.

– Qué es el proyecto La Nuestra, fútbol feminista. ¿Cómo surgió y de qué se trata?

– La Nuestra es un proceso, no es que alguien se levantó un día con una idea brillante y dijo voy a hacer esto, sino que alguien con mucha tozudez se encontró con las chicas y nos dimos cuenta que lo que faltaba ahí era espacio, que la cancha las chicas apenas la usaban. Primero fue la conquista de esa cancha, la formación del propio equipo de jugadoras que son las mujeres del barrio y después muchísimas compañeras que se acercaron a trabajar. Lo que hicimos fue apoderarnos de un terreno que en los barrios es muy preciado que son las canchas de fútbol. La cancha de fútbol es casi como un terreno sagrado y ahí las mujeres no tenían presencia. Entonces irrumpió este grupo que fue adueñándose de un espacio a fuerza de poner el cuerpo para sostener un lugar de entrenamiento, de ir empujando a los varones de a poco. 

– En esa práctica deportiva, ¿qué se pone en juego en relación al derecho al ocio y al tiempo libre para las mujeres y niñas del barrio?

– Desde lo simbólico que tiene un valor enorme para las pibas. Nosotras le damos una dimensión política, porque es entender que las mujeres también pueden jugar y en ese poder jugar se pone en discusión la división de tareas, de que siempre nos ocupamos de las cuestiones domésticas, que a lxs niñxs siempre los cuidamos nosotras, que las madres somos nosotras y que en los comedores son las mujeres las jefas de hogar. Es decir, el sostén del barrio son siempre las mujeres y no hay lugar para divertirse ni para el ocio. Los varones cuando llegan a sus casas, tiran las mochilas y se van a jugar el fútbol, y cuando son más grandes arman partidos por dinero mientras que las mujeres no juegan. Desde ese punto de vista, jugar al fútbol – que es el deporte más popular, que nos gusta y queremos- se transforma en una herramienta fantástica para empezar a deconstruir todos esos estereotipos.

entrevista

Si un grupo de minas de 30 años quiere jugar al vóley recreativamente, es difícil que encuentren espacio o tiene que hacer una cantidad de gestiones para tener una cancha y jugar. Por eso que nosotras desde el colectivo La Nuestra nos imaginamos fundando un Club donde los deportes de mujeres tengan prioridad y que cada una pueda hacer lo que se le dé la gana; dándole cabida al juego, al placer y al esparcimiento. Siempre que analizamos el control sobre nuestros cuerpos, lo que aparece como disruptivo es justamente el placer, y pareciera que no nos corresponde. Porque el cuerpo perfecto que produce un gimnasio no es placer, es esfuerzo, y eso no es juego.

– Te he escuchado remarcar mucho la importancia de plantear el proyecto desde el empoderamiento de las mujeres del barrio. En ese proceso, ¿Qué cambios observás que se producen en las mujeres en relación a su cuerpo y en relación a su subjetividad?

– Por lo general la autoestima de la mayoría es muy baja, ya viene predeterminado que van a hacer madres en algún momento y que es esa maternidad la que las transforma en mujeres. La que les da una identidad y la posibilidad de tener algo propio que son lxs hijxs. El fútbol es un sistema cooperativo maravilloso que te enseña que si no te apoyás o hacés un pase con alguien es muy difícil que puedas avanzar en la cancha, que para jugar tenés que tener la pelota debajo de la suela y levantar la cabeza y eso tiene un montón de significado para las pibas del barrio. Darte cuenta que podés rasparte las rodillas, saltar, cabecear, correr, transpirar, un montón de cosas que dichas así parecen una lista de banalidades, pero que no lo son a la hora de cómo se constituye una persona y cómo poder ejercer ese derecho desde una edad muy temprana. Nosotras estamos convencidas que ejercer el deporte con esa mirada de género es liberador. Una piba que pasa por esa experiencia es muy difícil que después sea una víctima de violencia porque sabe dónde está parada y qué es lo que le corresponde. Todo ese proceso a nosotras nos ayudó a revisar los discursos sobre nuestros cuerpos, dejar de pensar que tienen dueño, que tu cuerpo se transforma en una amenaza o en una especie de peligro cuando empezás a crecer porque cualquiera tiene derecho a decirte cualquier barbaridad –desde acosarte en la calle hasta conseguir un trabajo-. Entonces el fútbol ahí se transforma como un escudo salvador de alguna manera.

– ¿Fútbol femenino o fútbol feminista?

Nosotras arrancamos diciendo fútbol femenino, y ahora luego de un proceso estamos diciendo fútbol feminista, no por una moda, sino como producto de un proceso en donde las mismas que estamos trabajando también nos vamos empoderando en conjunto con las pibas. No vamos al barrio a hacer caridad ni a tirar la pelota un rato como asistencia o a decir “sí, yo te enseño”, parándose desde un lugar de superioridad. Creemos que somos un colectivo muy poderoso desde esa mirada y nos llamamos feministas porque pasó todo esto a lo largo de 11 años de historia. Por supuesto que esta coyuntura empuja, por ejemplo el derecho al juego está incluido en la larga lista de demandas planteadas en el marco de 3 de Junio, #Ni Una Menos.

“El sostén del barrio son siempre las mujeres y no hay lugar para divertirse ni para el ocio”.

– ¿Cuántas son actualmente? ¿Y cómo se organizan, dónde entrenan?

– Somos cerca de 90 pibas. Temporariamente entrenamos en otro lugar del barrio porque el proceso de urbanización entró en obra nuestra cancha histórica. Tenemos un espacio de grupo y reflexión guiado por una colectiva feminista con la que nos ensamblamos en 2014 que se llama las Cocoin (Comunidad de Conchudas Insurgentes). Es un grupo que venía trabajando con cuestiones de autodefensa, conformado por educadoras populares, trabajadoras sociales, y nos han ayudado mucho a sistematizar la práctica. Está muy bueno aprender a patear la pelota, pero también pensarnos como jugadoras de fútbol. Ese espacio de reflexión es el que nos lleva a ir a los Encuentros de Mujeres juntas ya desde hace algunos años y en este marco armar un Encuentro Nacional de jugadoras de fútbol. De eso devino un Festival de Mujeres, Fútbol y Derechos que hicimos en febrero de 2016 con presencia de otros equipos de Latinoamérica. De ahí sale otro grupo Cordobés que se llama Abriendo la Cancha y un grupo de Santa Fe que se llama Las Martas, que surge también con estas ideas de hablar de fútbol feminista. Está buenísimo que ese saber que fuimos construyendo en la villa se reparta y se multiplique para que haya un movimiento de mujeres en torno al deporte.

– Esta situación del futbol femenino que caracterizás, ¿también se replica en otros deportes?

– Sí claro. Si vos recorrés el handball, el vóley, más o menos están parados en el mismo lugar: con poco apoyo de los clubes, del Estado. Porque la idea que prima es que garpa el deporte que vende. El deporte social se debe un gran debate para que todos y todas tengamos el derecho a ejercerlo; ni que hablar desde la perspectiva de género. Esperamos contribuir en esa línea y ver cómo se generan políticas públicas para garantizar el acceso al deporte para todas las mujeres, particularmente en los barrios. Las mujeres hay una edad en que dejamos de jugar. Capaz en otras clases sociales, en general tienen acceso a educación física en las escuelas, luego algunas tienen la suerte de ingresar al deporte de alto rendimiento, y después tu ligazón con el deporte es estético. Es decir, no es juego, sino que significa ir a un gimnasio para estar más flaca. Jugar es otra cosa.  

–  ¿Con qué trabas se encuentra una niña que quiere empezar a jugar al fútbol en el barrio? ¿Qué prejuicios y discriminaciones atraviesa?

– Las pibas con lo que se encuentran primero es que pareciera que en el deporte pueden pensar de tal a tal edad y después seguramente va a venir un embarazo y la cuestión de la maternidad como único horizonte posible. Hasta ahí, digamos, podemos hacerlo, pero hasta ahí nomás, sin descuidar todo lo otro que te viene supuestamente por ser mujer: que es la casa, el cuidado de niñxs más pequeñxs, la tarea doméstica pesada. Es decir podes jugar y hacer deporte cuando sos chiquita, ya cuando creces no. Los varones son llevados a fútbol casi con extorsión porque se supone que el varón que juega bien va a salvar a la familia. Es la otra mirada del deporte que se supone que tampoco está buena. Las pibas para tener una práctica sostenida tienen que atravesar esos obstáculos con la familia y cómo comunitariamente están armados los arquetipos. Luego es importante mencionar que una mujer que logra insertarse en el alto rendimiento, también sufre prejuicios y discriminaciones porque por ejemplo la mayoría de la prensa que cubre los hechos se fija si es linda o si es fea, qué dice el novio o marido, que ropa usa, que va a pasar cuando se case y se da por hecho que en algún momento va a tener que correrse de esa vida. En cambio para los varones exitosos deportistas es todo lo contrario. Emociona ver a un futbolista cuando entra con el hijo a la cancha, pero el día a día de esa familia seguramente es sostenido por mujeres que muchas veces tienen que mudarse de país y hacer vida durísimas para acompañar al futbolista. Una mujer enteramente dedicada al deporte es raro. Después si vas recorriendo otras instancias, vas a ver que el 95% de entrenadores son varones, dando por hecho que los varones saben más.

Abrir la cancha

– En relación a los estereotipos en el deporte, recientemente se visibilizó el caso de la promoción de camisetas de la selección femenina de fúbol por parte de modelos en vez de las propias jugadoras. ¿Por qué creés que pasó algo así y no sucede en el caso de la selección masculina?

– Tiene que ver con estereotipos y conductas que las empresas y las marcas de indumentaria tienen íntimamente ligado a al patriarcado, a la manera en la que nos miran. Dan por hecho que hoy a las jugadoras de la selección nacional no las conoce nadie. Y después el segundo punto es que estéticamente no obedecen a ciertos cánones de belleza que a ellos les gustaría impulsar. En cambio con los varones no están todos esos parámetros. Messi la rompe si se pone una camiseta y se para en un escenario, lo mismo que Mascherano, Romero, Di María. No importa si son lindos o feos, no tienen que cumplir con ese canon. En cambio nosotras sí, porque a Estefanía Banini, que es la 10 de la selección femenina, que la rompe toda y que está jugando en Estados Unidos, en una liga profesional hace un tiempo largo e hizo maravillas en la Copa América, los diarios la invisibilizaron con el titular de “La Messi Argentina”. Se llama Estefanía Banini, no se llama Messi. Tiene nombre y apellido. Esa construcción que la empresa toma consiste en que prefiere a una modelo y no a Estefanía Banini porque no la conoce nadie y estéticamente no obedece a los patrones de belleza que el sistema le asigna a las mujeres. Es aberrante, es una afrenta para todas las jugadoras de fútbol.

– ¿Y cómo reaccionó la comunidad del fútbol femenino y el movimiento de mujeres?

– La mayoría de cosas que leí fue en redes sociales. Leí muchas críticas desde ese lugar y la medida de la empresa creo que ocurrió casi en simultáneo con la foto que se sacaron las chicas para que las escuchen, con las manos en las orejas haciendo el gesto de Topo Gigio en el contexto de la Copa América en Chile, después de casi dos años sin entrenar, prácticamente sin las mínimas condiciones y sin apoyo institucional: ellas se lavaban  las propias medias después de los partidos, cosa que a ningún selección de fútbol masculino le pasaría. Puede ser que esta generación esté siendo una bisagra entre lo que nos pasaba a nosotras y lo que pasa ahora. Esto está ocurriendo en el mismo marco en el que mujeres se animan a denunciar a actores que las acosaron, mujeres se animan a denunciar a cantantes e “ídolos” del rock.

También algo interesante que está ocurriendo entre las más viejas es una cruzada por recuperar nuestra historia. Por ejemplo en el libro Pelota de Papel, ya somos tres mujeres que aportamos ahí cuentos sobre la participación de las mujeres en el fútbol. Tenemos que generar eso: cultura de mujeres alrededor del fútbol. Gracias al trabajo de una arquera de Independiente que se llama Lucila Sandoval, que conformó un grupo que se llama “Pioneras del Futbol Femenino”, recopiló historias de mujeres no sólo de Buenos Aires y rescató la historia de una selección que jugó un mundial en México cuando todavía la FIFA no promocionaba el fútbol de mujeres. Particularmente la historia de una centrodelantera que se llama Betty García, que ahora tiene 70 y pico y fue goleadora de aquel mundial del 71. Escuchar la historia de esa mujer para las pibas es importantísimo porque si no siempre nuestros referentes son hombres.

– ¿Cuál es la relación que observás entre el ejercicio de un deporte como el futbol y la relación con el cuerpo de las mujeres y niñas?

– Creo que lo primero que experimentan las mujeres cuando practican un deporte como por ejemplo el fútbol es alegría y un placer enorme porque el fútbol produce eso. Es difícil contarlo con palabras cuando es una experiencia muy grande corporalmente. Esto de la cooperación creo que es fundamental. Que con alguien que no hablaste nunca te salgan dos o tres pases seguidos y terminar en gol genera una alegría que hace que te abraces con alguien que quizás no es tu amiga. Todas esas sensaciones para una piba significan entender que su cuerpo no es lo que le dijeron que era, que puede hacer un cambio de frente, que tiene potencia para eso, que puede cabecear, que puede parar la pelota con el pecho cuando te dicen que no porque te lastima y es el mismo efecto que para los genitales de los varones. Si vos hacés el gesto técnico no te va a doler. Son las cosas que hay que empezar a desmitificar. Y que corras y transpires no está mal. Es un lugar fantástico para entender cómo es un cuerpo que fue educado y dictaminado por normas. 

Luego recuperar dignidad propia y grupal, porque eso también hace el fútbol. Nosotras desde la experiencia en el barrio salimos a jugar afuera, las pibas pasaron a cantar el himno y a representar el barrio y el país en otro lugar y se han sentido importantes, cuando por lo general los comentarios hacia ellas son despectivos. Más si vivís en un barrio y no tenés las mismas posibilidades. Eso es de un poder enorme e ilimitado. Son cuerpos disidentes, liberados y descolonizados en función de todo lo que le fueron diciendo que podían ser. No es superficial sentir que colectivamente podés transformar algo. Eso es lo que pasó con las pibas. Algunas pueden sentir vocación de jugadoras de fútbol y volcarse a seguir en algunos equipos de AFA, otras no, pero esas que no están mirando sus vidas de otra manera. Capaz se empiezan a hacer preguntas, capaz sepan que la maternidad no es su único fin, capaz podés decidir programarla para el momento que realmente lo quieras y no por la realidad que te empuja. Capaz un montón de cosas y el fútbol ayuda a eso.

– Teniendo en cuenta esa relación, ¿crees que el ejercicio de este deporte puede prevenir la violencia machista? ¿De qué modo?

– El grupo que empezó en la villa 31, es decir el que se adueña de la cancha, pasó por una experiencia muy poderosa que fue pelearse mano a mano con los varones por el lugar. A partir de esa experiencia, se dan cuenta que ninguna otra cosa que les digan que tienen que hacer va a estar bien. Y a medida que las generaciones fueron pasando por el proyecto ya con el terreno ganado, tuvieron que pelear para que las dejen ir a jugar a ese lugar, para ponerse camisetas, para usar botines. Se va pasando la posta como en las carreras de atletismo. Se trata de seguir corriendo, seguir avanzando. Creo que es una experiencia que no está dada en un volante ni en un taller sobre feminismo y sobre cómo cuidarte, sino que es la experiencia corpórea y ahí es más difícil que te lleven puesta. Esa experiencia del juego es muy poderosa desde que pusiste tu cuerpo en funcionamiento y pudiste pensarte como jugadora de futbol problematizándolo, pensando sobre esa práctica. Nos sirvió a todas, porque de alguna manera los ejes de laburo fueron el territorio que es la cancha, el lenguaje que es cómo nos tratamos entre nosotras, lo que decimos y nuestros vínculos y nuestros cuerpos. Esos cuatro ejes son los que te permiten afianzarte para que después esa violencia machista no te atraviese tanto. No lo vendo como una receta, pero tenés ahí una herramienta muy poderosa para agarrarte y para que todo lo que se supone que viene dado no te ocurra. Las mujeres de los barrios son muy poderosas, son un tipo de feminismo popular, muy nacional, que implica el ejercicio de roles que hacen funcionar barrios, comedores, etcétera. Esta perspectiva del deporte les da un valor a eso que vienen haciendo desde hace millones de años que no es solamente amor y no es solamente dedicación, sino que son mujeres muy poderosas que saben a dónde quieren y a donde van.

“El grupo que empezó en la villa 31, es decir el que se adueña de la cancha, pasó por una experiencia muy poderosa que fue pelearse mano a mano con los varones por el lugar”

– ¿Pensás que el discurso y el lenguaje feminista –quizá de parte de cierto feminismo más burgués, clasemediero y blanco- cala en los barrios? ¿Sirve hablar de patriarcado?

– Ahí nosotras fuimos aprendiendo un lenguaje que fue haciéndose nuestro. Nosotras no empezamos hablando de patriarcado desde el primer día en el barrio, me parece que son construcciones que se van dando en conjunto. El no asistencialismo, el no pensar que estamos haciendo caridad y pensar que vos estas cuidando a las pibas desde un lugar de privilegio. La mayoría de las veces son las pibas las que te sopapean. Es un saber que se va produciendo en conjunto y luego nosotras le vamos poniendo nombre en conjunto con las pibas. Las que hablan de patriarcado son las que han pasado por el Encuentro Nacional de las Mujeres y no lo repiten porque lo decimos nosotras, sino porque tuvieron la experiencia ahí en terreno. Hay muchas otras que no dicen patriarcado, pero se dan cuenta de qué se trata. Me parece que son respetables todos esos vocabularios, el lenguaje que a cada una le refleja su identidad. Lo que me parece que no es para nada feminista es poner un feminómetro a la cual habla o no habla de tal o cual manera, porque cada una tiene su recorrido y proceso. Si el feminismo tiene algo de maravilloso es que deconstruye, y en ese deconstruir respeta la particularidad de cada mujer. Entonces a veces es molesto eso de corregir a la compañera cuando viene de un proceso donde ella va haciendo uso de ciertas palabras y se va apropiando del lenguaje a sus tiempos y con sus modos. Patriarcado es una palabra que las pibas vienen usando no hace mucho y que otras lo llaman de distintas maneras, como por ejemplo: “Gil, a mi vos no me gobernás”. Listo, eso es feminista. Cuando ves una iba que no se somete a la voluntad de un varón y que conduce su vida y que va para donde quiere, bueno para mi feminista es eso, por más que la piba no lo diga así y no haya leído el Segundo Sexo, pero está armando una historia propia que va a servir para más pibas en los barrios y de los cuales muchas feministas académicas se van a nutrir para después presentar un documento en una conferencia internacional.

– ¿Cuál es la relación que vos haces entre la práctica del deporte y el ejercicio de derechos como por ejemplo el derecho a abortar?

MS: Hablamos de despenalización del aborto porque estamos atravesadas por esa problemática como mujeres de los barrios porque son quienes sufren las consecuencias de la clandestinidad y el no acceso a la salud tanto para abortar como para llevar un embarazo a término respetado. Por eso participamos del debate en el Congreso para desmitificar un poco esta idea de que las mujeres pobres no quieren abortar como por ahí se dijo e informar que en los barrios ocurren otras cosas. Por supuesto que no somos representativas de la totalidad de la villa 31 porque adentro de los barrios están los discursos que abonan a las teorías de que los cuerpos de las mujeres son concebidos de una manera. Nosotras creemos en conjunto con estas pibas que nuestros cuerpos tienen derecho a ser liberados y por eso hablamos de la pata del patriarcado arriba de nuestras cabezas y que la queremos sacar encima y queremos estar iguales ante la ley ya que se trata de eso. Luego la que quiera llevar a término su embarazo lo hará y la que no lo desea no lo hará, pero va a tener la herramienta para poder interrumpir voluntariamente su embarazo en condiciones dignas. Esto es lo que estamos diciendo y no más que eso, sin arrogarnos la representación de la pobreza ni de la villa en su totalidad.

“Patriarcado es una palabra que las pibas vienen usando no hace mucho y que otras lo llaman de distintas maneras, como por ejemplo: ‘Gil, a mi vos no me gobernás’. Listo, eso es feminista”. 

– Por último, ¿qué políticas públicas se deberían implementar para luchar contra la desigualdad que mencionabas cuando se cruza el eje de género y deporte?

– Acá en la Legislatura porteña el año pasado nosotras formamos parte de una agrupación de clubes de barrio y deporte social, y nuestro aporte ahí es la perspectiva de género. Si vos recorrés la gran mayoría de los clubes de la ciudad no ves vestuarios para mujeres, las ofertas deportivas para mujeres son siempre las mismas (patín, por ejemplo). Hicimos ahí un aporte participando en foros con la construcción de una ley de deporte social con perspectiva de género. Entró en mesa de entrada y ahí quedó porque se supone que hay cuestiones de coyuntura que siempre son más importantes. Probamos impulsando esto y el armado de esta liga que estamos jugando los domingos. Lo que proponemos ahí es una liga que ensamble a los equipos que puedan pagar inscripción con los que no y generar un sistema solidario para tener posibilidades de competir todos los domingos. Por lo general,  los equipos en los barrios sufren la falta de recursos para cubrir los traslados y el pago de inscripciones. Entonces participamos con 8 equipos desde menores hasta adultas, con más equipos de CABA –una liga que tiene 29 equipos de fútbol 5- y que al costado de esta liga le vamos a sumar perspectiva de derechos: consejerías de aborto con pastillas, cierta discusión sobre cobertura de medios como el caso de las camisetas de la selección de futbol femenino, apuntando a crear conciencia política sobre lo que significa la práctica de fútbol de mujeres en este momento en ese espacio de liga. Se llama Nosotras Jugamos, los domingos de 9 a 14 de la tarde. Tenemos la esperanza de que de ahí salgan cráneos para poder apuntalar políticas públicas para la ciudad de Buenos Aires, porque creo que falta eso justamente, cómo pensamos más mujeres dirigentes. Las comisiones directivas de los clubes o las confederaciones, la gran mayoría está conformada por hombres. En 2015, la última ley que sancionó Cristina Fernández que no se reglamentó es la modificación a la vieja Ley Nacional de Deportes, que curiosamente fue la última que sancionó Perón antes de morirse en el 74. Esta ley actualizada tiene un entrecomillado que habla del empoderamiento de las mujeres y recomienda la paridad de género en las comisiones directivas de los clubes. La Ley es muy buena, pero no se cumple ni se reglamentó. De hecho no tendría que estar ni (Carlos) Mac Allister como Secretario de Deportes si estuviera vigente esa ley, ya que se alentaba la conformación de un Consejo del Deporte a nivel nacional y no una Secretaría. A su vez, la ley proponía un cambio en cómo se discutía el deporte muy interesante y con una fuerte perspectiva de género. Sería interesante poder reflotarla.

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