Los machos de derecha y los de izquierda son como los perros labradores y los bulldog: dos razas distintas pero de la misma especie. No sé cuál es la peor de las dos. Pero ojalá se extingan pronto.

Yo salí con los dos tipos de chongos. Sobre todo cuando era más chica, antes de asumirme como feminista, andaba mucho con los machos “estándar”: los que no ven machismo en los chistes tipo “pero es una neeenaaaaa”, los que te tiran un “no soy machista ni feminista, no me gustan los extremos”, “no me interesa la política, son todos chorros”, “no da que una mina ande sola y borracha”, “pero mirá cómo iba vestida”, y el clásico “a ver cuándo me entregás el orto”.

Estos machos son amigos del “pijazo” y del “nadie menos”, creen que no hay privilegios entre hombres y mujeres porque nosotras “ya podemos votar”, y no conocen otra forma de relacionarse afectivamente que no sea desde la monogamia, los celos y la posesión. Ah, pero son re “románticos” porque te invitan a comer y no se asumen machistas porque “jamás le pegarían a una mujer”.

Corté con mi segundo novio para la época de la primera marcha del “Ni Una Menos”, en ese momento empezaba a transitar mis primeros pasos como feminista y se me desacomodaba el alma cada vez que él me decía “no es femicidio, es inseguridad” o “para qué hacen una marcha, si las van a seguir matando”. Posta.

Por eso, cuando empecé a salir con chicos “de izquierda” -nótese las comillas-, flashié con el primero que me dijo “compañera”. Pero al final, era igual que los otros salames que me querían coger sin forro. No, corrijo: era peor. Porque no es fácil al principio darse cuenta que ese pibe que se hace llamar “feminista” o “aliado” y que se asume como “héteroflexible” es tanto o más manipulador, celoso y nefasto que el gil que tiene como referente al Coco Silly.

El macho de izquierda estudia una carrera como musicoterapia, economía, antropología, o quiere ser profesor de literatura. Toca la guitarra, el saxo y el ukelele, o tal vez pinta y dibuja, o saca fotos, o hace teatro. En una de esas, te hace una perfo con los labios pintados de rojo. O capaz nada de eso, pero aprecia el arte, eso seguro. Bueno, ponele. Como mínimo tiene un poster en su cuarto de los Beatles. Le gusta el buen cine, “ese que pasan en el Gaumont”, te dice, y lee poesía de autores independientes. Te muestra videos de Kusturica y de Slavoj Žižek, y también memes de gatos. Le encantan los gatos. Sabe de todo, está muy informado, y puede que tenga una columna de opinión en la prensa de la orga donde milita. Los fines de semana va a dar apoyo escolar en algún barrio, y aunque a vos su carteleo en instagram con los nenes te parezca medio bobo e innecesario, capaz le terminas tirando algún like. Porque él te puede.

En definitiva, el perfil de los príncipes feministos es igual que cualquier otro perfil de Tinder, una construcción progre hecha para gustar: escriben con lenguaje inclusivo porque saben que si no, no la ponen nunca. Se hacen los “deconstruides” y te tratan de “compañere”, capaz hasta te invitan a charlas de Darío Z para hablar del amor libre; y sí, son un meme de ellos mismos.

“En definitiva, el perfil de los príncipes feministos es igual que cualquier otro perfil de Tinder, una construcción progre hecha para gustar: escriben con lenguaje inclusivo porque saben que si no, no la ponen nunca”

Pero de esto último esto me cayó la ficha en mi momento de mayor vulnerabilidad: desnuda y de gambas abiertas. Porque todo lo personal es político: si se declara feminista pero te coge como un macho más, bueno, no hay muchas más vueltas que darle.

 

-El macho feminista, como cualquier otro macho, te mainsplanea hasta tu propio ciclo menstrual para convencerte de coger sin forro, por más de que vos le digas que estás ovulando. “Es muy difícil que te embarace, bombón, voy a ser re cuidadoso, nunca dejé embarazada a nadie y no tengo ninguna enfermedad, dale, es que si no, no puedo…bombón, dale…”

-El macho feminista te mete la pija o los dedos donde vos no querés, y cuando se lo marcás, te dice: “no me saques la mano, nenita”.

-El macho feminista quiere cogerte con la remera de River, pero más le gustaría cogerte con la remera de Boca, así se acuerda de ese partido en el que le “rompieron el orto a los bosteros”.

-El macho feminista te empieza a garchar mientras vos estás dormida, y cuando le decís que pare, que te duele, se enoja, se ofende.

-El macho feminista termina de coger cuando él acaba: su pija y su propio placer es el comienzo, centro y fin último de cada polvo.

-El macho feminista levanta las banderas contra los estándares patriarcales de belleza, pero curiosamente solo sale con pibas hegemónicas.

-El macho feminista te convence para coger cuando él quiere y cómo él quiere, y él cree que siempre sabe más que vos.

-El macho feminista no te lo dice, pero le muestra a sus amigos tus fotos desnuda, y te insiste para filmarte aunque vos no quieras, y si no querés, es que sos muy cerrada. Y si no querés hacer un trío, también sos cerrada. Y si no te gusta que te hable de las otras chicas que se coge, también.

– El macho feminista coge como cualquier otro macho.

– El macho feminista hace todo esto y después te hace cucharita y te recuerda lo feliz que es con vos.

Pero no todo termina en la cama: este tipo de “compañere”, que es bien de izquierda y deconstruide, usa la carta del amor libre para librarse de todas las responsabilidades afectivas que los involucra.

Yo siempre voy a estar para vos, bombón”, te asegura, para vos…pero cómo él quiere, y cuando él quiere. Y no se te ocurra hacerle ningún planteo: “Sos una chiquilina que no sabe cómo manejar sus emociones de una forma no posesiva, todavía no deconstruiste el ideal de amor romántico, te va a decir, y te va a mandar a leer textos sobre el poliamor…aunque vos nunca le hayas pedido una relación monogámica.  

Siempre la boluda sos vos. Siempre la poco deconstruida sos vos. Siempre la que flashea Disneylandia sos vos. Siempre vos. Y lo peor, es que hasta te lo empezás a creer: aceptás todos sus caprichos e imposiciones, agachás la cabeza y dejas de cuestionar sus malos tratos porque, después de estar tanto tiempo metida en esa relación, tu seguridad y autoestima básicamente ya no existen.

Pero si algún día milagrosamente encontrás un poquito de coraje y amor propio en vos misma, -lo último que te quedaba- y lo querés dejar…¡cómo le harías eso! ¡Si él siempre te trató como una reina, y lo dio todo por vos, y te quiere, y te cuida! ¡Cómo le harías eso!. “Sos mala, al final. Qué desagradecida. Que injusta”, y te implora que vuelvas, que no te vayas, y te enumera todas las cosas que hizo por vos para hacerte sentir culpable y que no puedas correrte de esa relación asfixiante.

Estos sujetos son nefastos, siniestros, manipuladores, y en muchos casos, violentos y abusadores. Cuesta mucho desintoxicarse de ellos, sobre todo por su retórica donde una, siempre una, es la culpable, la tonta, la boluda, la infantil. Lo bueno, es que una vez que conoces a uno, al próximo lo olés a kilómetros. Y podés alertar a tus amigas cuando tienen uno cerca rondándoles. Entre todas los vamos a extinguir. Y si a mi me preguntan, cada vez me gustan más las mujeres.

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