Por alguna extraña razón muchos lectores de novelas tienen un acercamiento más sensible con aquellos personajes que sufrieron el desamor, el rechazo amoroso, la perdida de lo que amaban. Una posible hipótesis para pensarlo es que en realidad el desamor es más universal que el amor, pero en el fondo se esconde otra pregunta: ¿qué pasa cuando el amor se va agotando? Cuando el fuego compartido entre dos personas y que inició una relación va extinguiéndose inexorablemente con el correr de los años. Sobre esta temática, sensible y dura a la vez, Margarita García Robayo (MGR) escribió su novela “Tiempo muerto”, editado por Alfaguara el año pasado.

En la literatura de MGR encontramos una variedad de personajes que están atravesados por su destino latinoamericano y su realidad. Los encontramos en las historias de “Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza” (2010), en las breves crónicas de “Las personas normales son muy raras” (2011) o en sus demás libros (“Cosas peores” -2013- y “Lo que no aprendí” -2014-, “Hasta que pase un huracán” -2015- ), cuando sus protagonistas que viven nuestra contemporaneidad son introspectivos, solitarios en el medio de la comunicación permanente. MGR en vez de dedicarse a buscar a “la gente” prefiere buscar a personas porque intuye con razón que en ellas hay más riqueza para contar.

“Tiempo muerto” cuenta el progresivo fin del amor entre Lucía y Pablo, latinoamericanos radicados en Estados Unidos, casados hace varios años y con dos hijos. Acostumbramos leer en las novelas rosas de Corín Tellado que ella hubiese preferido dar cuenta de cómo el amor va conquistando el corazón de los personajes hasta llegar a un beso consagratorio o el consabido matrimonio. A MGR no le importa eso: prefiere ir hasta ver convertido el amor en una rutina, en una semilla de queja.

Enrique Santos Discépolo escribe en “Uno”: “Si yo pudiera como ayer / querer sin presentir”, es decir, querer sin pensar que las cosas van a terminar. MGR asume que crecer es aceptar los sentimientos que están llegando como también los que se van. A medida que pasan las páginas del libro, la relación entre Lucía y Pablo se estanca cada vez más y no sólo por las conversaciones inexpresivas entre ambos, sino porque cada uno busca nuevos vientos para ocupar su tiempo, el tiempo muerto que ya no vale la pena revivir.

La sociedad patriarcal en la que estamos sumidos hace hincapié en que la mujer debe encargarse de las labores hogareñas y que el hombre debe buscar el dinero: es decir, la mujer debe quedar encajada a una rutina. MGR le da a Lucía, su protagonista, un empoderamiento que la hace más segura. Sin embargo, pese a eso, los personajes no quieren quebrar esa unión que es insostenible. O no pueden. Barthes escribió alguna vez que la “paciencia amorosa tiene pues por punto de partida su propia negación: no procede ni de una espera, ni de un dominio, ni de un ardid, ni de una temeridad; es una desgracia que no se usa, en proporción a su agudeza; una sucesión de sacudidas, la repetición (¿cómica?) del gesto por el cual yo me manifiesto que he decidido -¡valientemente!- poner fin a una repetición; la paciencia de una impaciencia” (Barthes, 1980, pag. 186-7).

El fin del amor es como una muerte que no se quiere aceptar y detener el tiempo para ocuparlo en rutinas vacías, en amores terminados es evidentemente una mala decisión. MGR decidió no perderlo para contarnos una historia. Tampoco nosotros debemos perderlo a la hora de leerla.

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