Por Luciano Alderete @LucianoAld1

Las dos décadas que siguieron a la dictadura militar estuvieron atravesadas por diversos cambios políticos y gubernamentales que mostraron continuidades y rupturas con el modelo económico implementado por la Junta Militar. Tanto la primavera alfonsinista como la década menemista fueron democracias sin adjetivos. La falta de información en torno a los crímenes de lesa humanidad por momentos fue moneda corriente y el pacto de silencio entre los actores de poder, cómplice del genocidio.

Juan Carlos Casariego de Bel, abogado y asesor jurídico del Ministerio de Economía de José Martinez de Hoz, fue secuestrado por la dictadura militar un 15 de junio de 1977. En esta segunda parte de una extensa entrevista con Contratapa, su hija, María Casariego, nos cuenta sobre los años posteriores a la llegada de la democracia y el largo camino recorrido para tratar de encontrar justicia.

– ¿Como fue evolucionando el caso de tu papá en los ochenta y en los noventa?

Los primeros años fueron terribles. Vino a la Argentina Amnisty Internacional para tomar declaraciones de los familiares. Era una cola larguísima con personas esperando para hacer la denuncia y veíamos cómo por la calle pasaban los Falcon y, desde los coches, nos decían que todos nosotros también íbamos a desaparecer. Había mucho miedo. Con las marchas sucedía lo mismo; porque hubo marchas en esos años. Se iba a misa en la Iglesia que está cerca de Avenida de Mayo y mientras estábamos adentro nos sacaban fotos. En las manifestaciones podíamos ver cómo desde los edificios también nos sacaban fotos. Esa época  fue terrible. La sensación era que, por cualquier cosa que hicieras, podrías no volver. Los medios eran mudos ante los hechos y fueron absolutamente cómplices.

Recién comenzó a haber un poquito más de movimiento con Alfonsín. De hecho, el primer habeas corpus lo firmo él, ya que  nadie se animaba a firmar uno. La gente tenía mucho miedo; imaginate que firmabas un habeas corpus y el próximo desaparecido eras vos. Fue un cerramiento muy fuerte que provocó que nadie se animara a nada. Esa era un poco la sensación. Luego, durante varios años, hubo un mutismo absoluto. Específicamente, entre el 87 y el 95. Se había cerrado el tema y ya no había persecución pero tampoco información, no pasaba nada.

“Era una cola larguísima con personas esperando para hacer la denuncia y veíamos cómo por la calle pasaban los Falcon y, desde los coches, nos decían que todos nosotros también íbamos a desaparecer”

En el 96 me llaman unos periodistas, uno de ellos era Fabián Doman, que fue llamado a declarar cuando comenzó el juicio, diciéndome que querían hacer un programa con Mauro Viale sobre la vida de los desaparecidos. Lo querían hacer a través de una teatralización y necesitaban mi consentimiento para mostrar la información que ellos tenían. Me citan en un bar y ponen delante de mí lo que ellos llamaron “el prontuario” de mi padre. Allí estaba todo el seguimiento previo a la desaparición de mi padre, con las observaciones sobre el movimiento de mi casa, horario de entrada y salida de mi familia, el momento de desaparición de mi papá y el interrogatorio. En el interrogatorio aparecían preguntas sobre Italo: qué había dicho, qué información había pasado, etcétera. Y terminaba cuando se lo declaraba culpable y se le daba sentencia final. Yo les pedí si podía fotocopiar eso y me dijeron que no.

– ¿Ese programa finalmente salió al aire?

No. Me negué a consentir el uso de información, no iba a permitir que apareciera en televisión el interrogatorio con tortura a mi padre y que lo vean mis hijos. Y si lo llegaban a hacer les iba a hacer una denuncia. Finalmente no lo hicieron. Obviamente los prontuarios los compraron y años después, cuando se hizo el juicio por mi padre, estos prontuarios los vendieron a distintos servicios de inteligencia, entre ellos Juan “Tata” Yofre, quien tenía todos estos archivos. Ahí me entere cómo había sido todo el caso de mi viejo.

– ¿Cómo fue el camino hasta llegar a ese juicio?

Durante el gobierno kirchnerista me venia moviendo con el grupo de Detenidos-Desaparecidos y con un grupo de desaparecidos españoles. Mi padre era español y el grupo estaba avalado por el juez Baltasar Garzón. Se empieza a recavar información para tratar de cruzar a quienes habían desparecido en el mismo momento o con la mismo metodología. Mi padre, por ejemplo, no estuvo en ningún centro clandestino, estuvo en la Unidad 20, que es una dependencia de la Policía Federal, donde llevaban a los personajes que eran conocidos y los mataban ahí o con los vuelos de la muerte. Todo esto se reconstruyo después. Una de las personas que le hizo el interrogatorio a papá y que también lo secuestro, fue Héctor Vergez.

– ¿Qué significó para ustedes que los asesinos y torturadores de Juan Carlos fueran juzgados?

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Los genocidas Horacio Vergez (izq.) y Luciano Benjamín Menéndez (der.)

El juicio fue muy impactante, ya que en la declaración de todos los personajes apareció, por ejemplo, que a los empleados del Ministerio se les había prohibido hablar del tema. Al otro día de su desaparición se prohibió hablar de él, como si nunca hubiera estado ahí. Obviamente, Vergez nunca habló y por lo tanto, no se sabe cómo fue la situación. Vergez es considerado el mayor torturador del “proceso”, un ser siniestro. No puedo explicar lo que fue el juicio. La causa de papá, Gallego Soto y Perrota fue la primera causa por la que Vergez fue detenido y luego aparecieron las cientos de otras causas que hoy tiene. Llegar a ese momento fue tremendo.

“Mi padre estuvo detenido en la Unidad 20, que es una dependencia de la Policía Federal, donde llevaban a los personajes que eran conocidos, y los mataban ahí o con los vuelos de la muerte”

Yo llego como querellante y como testigo al juicio, el prontuario que había visto aquella vez desapareció. Es interesante porque no solo desaparecen las personas sino su documentación. En el Ministerio de Economía, por agosto, se hizo toda una movida de limpieza donde desapareció mucha documentación. Mi padre desapareció en junio y en agosto la documentación. El prontuario de papá desapareció, pero los de Gallego Soto y Perrota, no. Como yo me acordaba toda la forma en que estaba escrito y cómo coincidía con esa otra documentación que no había visto nadie. Describí como eran las hojas, como estaban enumeradas. Entonces, aceptaron mi declaración como válida.

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– ¿Cómo fue el recorrido desde sus 17 años hasta el 2006, cuando comienza a ver que los genocidas serán juzgados? ¿Cómo fue ese tránsito en su vida?

Yo creo que nadie evalúa las consecuencias sociales de la familia y la gente cercana de los desaparecidos. A mí me indigna cuando se pone en duda el número: 30 mil u 8 mil. Como si se tratara de cifras. 8 mil fueron los juicios que se llevaron a cabo. Pero te puedo asegurar que para realizar en esa época una denuncia había que tener mucho coraje porque había mucho miedo. Creo que hubo mucho más que 30 mil y nunca se evaluó el daño colateral de  todos los miembros de las familias. A mí me cagaron la adolescencia. Tengo amigos previos a esa época que siempre mencionan cómo yo me reía y disfrutaba las cosas y cómo nunca más volví a ser la misma después del secuestro de mi papá. La figura del desaparecido es una figura enloquecedora. Porque tenés la fantasía que va a aparecer. Entiendo la idea de las Madres del desaparecido, pero creo que hay que decir “desaparecidos” y “asesinados” porque hay asesinados que no van a volver a aparecer. Están muertos.  

 

El desaparecido es lo que dice Videla: “No están ni vivos ni muertos”. Es un lugar tremendo que anula la posibilidad de enterrar y de llorar a alguien. Estuve atravesada por todo esto, tengo la sensación de que a mí no me importaba nada de nada. Iba a una marcha y si me decían “Ojo que va a haber represión”, a mí no me importaba. Con los años, cuando fui mamá cambié mucho. Me preocupé mucho para que mis hijos no vivieran lo que yo había vivido, porque es desesperante.

“Creo que hubo mucho más que 30 mil y nunca se evaluó el daño colateral de  todos los miembros de las familias. A mí me cagaron la adolescencia.”

– ¿Cuando ocurrió la desaparicón de Jorge Julio López sintió que podía pasarle algo?

Viví varias situaciones complicadas que no tuvieron explicación. En el 2006 doy una entrevista a una periodista de Clarín el 15 de junio del 2006. Fue a los poquitos meses en que empiezan las tratativas y junta de información para el juicio. Un día a una de mis hijas la secuestran, le meten una bolsa en la cabeza y la golpean, ella estaba en la calle y la meten a un taxi. Durante todo el secuestro se preguntaban entre ellos si era o no era. Luego la soltaron en Chacarita y nunca se supo qué pasó. Todo sucedió una semana después de la desaparición de López.

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Cuando desaparece Jorge Julio López, los hijos del “Gallego” Soto y Perrota se bajan del juicio, ellos también iban como querellantes. Fue un momento de mucho miedo. Si me tocaban a mis hijos representaba un momento de mucha vulnerabilidad para mí. Nunca supe si fue un robo, una amenaza o un intento de asustarme.

– ¿Cree que si desistía podrían haber logrado la impunidad?

Cuando estábamos juntando toda la información para el juicio contra Vergez me llaman los abogados desesperados para decirme que tenemos que hacer toda la presentación al día siguiente, antes de las nueve de la mañana porque lo liberan a esa hora ya que estaba con el tiempo cumplido al estar detenido sin condena. Estuvimos toda la noche escribiendo toda la documentación y me presenté a las nueve de la mañana en Comodoro Py, si no lo hubieran soltado, a un asesino como Vergez. Estas cosas representaron mucha angustia y desesperación. Si lo soltaban no aparecía nunca más. Hoy se sabe que mató a mi padre, a García Soto, a Perrota y a muchísima gente. Es un tipo que torturó a personas en todos los lugares que estuvo, como en La Perla. Tiene un montón de juicios que aun están en proceso.

Más sobre la desaparición de Juan Carlos Casariego de Bel en Contratapa

Primera parte: Juan Carlos Casariego de Bel, un Quijote en el ministerio de Martínez de Hoz

Tercera parte: Entre descolgar los cuadros y aplicar el 2×1

 

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