Por Esteban Campos estebancampos1977@gmail.com

En las décadas que siguieron a la Primera Guerra Mundial, el derrumbe del liberalismo, la crisis económica mundial, la irrupción del fascismo y el comunismo generaron las condiciones para un renacimiento del catolicismo. La Iglesia de la posguerra aprovechó el fin de la Belle Époque para tratar de reconquistar a la sociedad civil y “restaurar todo en Cristo”, como le gustaba decir al papa Pío X. Así, el catolicismo modificó una actitud defensiva característica del siglo XIX, donde se veía a sí misma como un castillo asediado por la modernidad, y comprometió a un creciente número de laicos en su proyecto de expansión, aunque la Iglesia seguía viéndose a sí misma como la Ciudad de Dios de San Agustín, que estaba arriba y afuera de la sociedad.

Pero la expansión de la Iglesia también promovió la experiencia de un nosotros cristiano, que ya no estaba ligado exclusivamente a la condición sacerdotal. El hábito no hacía al monje, y así surgió un movimiento muy dinámico de la Acción Católica con seccionales juveniles, obreras y estudiantiles.  Además, en 1944 surgió en Francia y luego en España el movimiento de los curas obreros, un grupo de religiosos que se proletarizaban para compartir las condiciones de vida de los más humildes en fábricas y talleres, lo que los llevo con el tiempo a participar en huelgas y manifestaciones. En paralelo, y como fuente inspiradora de este movimiento, se desarrolló una corriente de renovación teológica modernista y secularizadora conocida luego como la nouvelle théologie o nueva teología, con representantes como Henri de Lubac, Hans Kung, Teilhard de Chardin, Johannes Metz, Yves Congar y Jean Danielou. Al revés de la jerarqúía, que se pensaba arriba y afuera, varios católicos empezaron a experimentar su práctica religiosa desde abajo y desde dentro de la sociedad.

Henri de Lubac

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Vaticano quedó muy desprestigiada por su convivencia institucional con el nazismo y el fascismo. Por esta razón, y también para contrarrestar la expansión de los partidos comunistas en Europa occidental, la Iglesia se involucró en una serie de cambios que impulsaron una apertura en clave secular y moderna.

El papa Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II en 1962, encargado de resolver mediante una asamblea de altos dignatarios eclesiásticos la renovación de la concepción medieval de la Iglesia. Las encíclicas papales Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963), redactadas en tiempos del Concilio, expresaron la modernización en varios planos de la institución: se promovió la misa en lenguas nacionales, el clero debió celebrar el rito de cara a los feligreses, se impulsó el diálogo interreligioso y el diálogo entre cristianos y marxistas.

Un paso más se dio en 1967 con la encíclica Poppulorum Progressio, que contenía un pasaje ambiguo en relación al problema de la violencia. Haciéndose eco de las luchas anticoloniales y antiimperialistas, el papa Paulo VI (1963-1978) condenaba la insurrección violenta, pero en un breve pasaje establecía una excepción, autorizando la rebelión en casos de “tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país”. Los curas tercermundistas interpretaron a su manera este pasaje, relativizando la condena de la violencia y subrayando el derecho de los pueblos a rebelarse contra los gobiernos injustos.

Hy7T-lKn7e_930x525

La renovación de la Iglesia despertó entusiasmo en muchos sacerdotes y laicos de América Latina. Un buen ejemplo fue el Mensaje de los 18 Obispos del Tercer Mundo de agosto de 1967, como consecuencia de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín, Colombia. Era un manifiesto político-teológico del clero renovador de los países periféricos que incorporaba la opción preferencial por los pobres como prioridad de la Iglesia, y llevaba al límite las innovaciones del catolicismo renovador, afirmando que “el verdadero socialismo es el cristianismo integralmente vivido, en el justo reparto de los bienes y la igualdad fundamental de todos”, a la vez que condenaba al capitalismo, el feudalismo y el imperialismo.

Sí la Poppulorum progressio contenía pasajes ambiguos que justificaban la violencia popular contra las dictaduras, el Mensaje de los Obispos del Tercer Mundo era una invitación a luchar por otro sistema más acorde a los principios evangélicos, que para los grupos más radicalizados de las corrientes renovadoras se encontraba en las antípodas del capitalismo. A partir del Mensaje de Medellín, a fines de 1967 se formó en la Argentina el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, organizado gracias a la recolección de firmas reunidas en las diócesis locales para adherir al manifiesto por sacerdotes como Carlos Mugica, Miguel Ramondetti, Rodolfo Ricciardelli y muchos más.

Más sobre Carlos Mugica en Contratapa

Aproximaciones a la vida de Carlos Mugica: “Ahora más que nunca, tenemos que estar junto al pueblo”

Crónica de una renuncia anunciada

 

DEJÁ TU COMENTARIO