Por Luciano Alderete (@LuchoAld1). Especial desde México

El barrio Colonia Condesa se encuentra a unos cinco kilómetros del Zócalo de la Ciudad de México. Es un lugar muy conocido por sus bares y librerías. Allí vivió Juan Gelman: montonero, hincha de Atlanta y poeta. Un vecino del barrio se sienta en una mesa de  un café. Saca un paquete de cigarrillos, enciende el primer tabaco y se dispone a narrar cuarenta años de historia. Su nombre es Rolo Diez y, al igual que Juan, es exiliado, escritor y revolucionario. En la mesa de al lado, unos alemanes charlan en su idioma sobre algo que les divierte. Ni Rolo ni este cronista entendemos demasiado lo que dicen. Unos mariachis cantan canciones para los turistas que comparten el café con nosotros. A pesar del ruido, nos concentramos en lo nuestro: el exilio. La salida del país de muchos militantes resulta un aspecto poco recurrente a la hora de recuperar los años sesenta y setenta. Contratapa quiso dar testimonio sobre el derrotero que realizaron los militantes revolucionarios.

– La dictadura militar, además de arrasar con una generación, influyó en la vida de las personas que tuvieron que salir al exilio. ¿Cómo  fueron los meses previos a la salida del país y los primeros fuera de la Argentina?

Yo militaba en el PRT y  salí de Argentina en Julio del 77. Los meses previos fueron muy difíciles y caóticos, especialmente para el PRT. El Partido sale al exilio en esa época a consecuencia de una cantidad de caídas de compañeros muy grande; inédita en nuestro Partido. El hecho convenció a la Dirección, que ya estaba fuera del país, de la necesidad de tener una política para preservar  la militancia. De sacarla para preservarla. Pero sacarla para volver. Ese fue el plan: salir para regresar en mejores condiciones. Hacer una reflexión autocrítica y ver qué nos había pasado, por qué se habían producido tantas caídas entre mayo y junio del 77. Reorganizar a la gente y prepararla mejor para volver.  

“Volver era una decisión tomada desde siempre”.

Entonces, como hubo tantas caídas, especialmente en Capital, donde yo estaba, hubo muchos descuelgues, gente que se quedó sin conexión con la Organización, con el PRT y con mucho desconcierto. Mucho de no saber qué está pasando y preguntarse: ¿Por qué caen como moscas, en todos lados, los compañeros?

El Partido mandó a un compañero del Buró a encargarse, desde Brasil, de la salida de todos (primero a Brasil y después para Europa). Yo quedé conectado con un compañero que tenía alguna responsabilidad en Propaganda de Capital y con él nos veíamos. Yo estaba en un frente bastante aislado, en Inteligencia. Entonces, en cierta medida, nos favoreció en el sentido de no tener caídas. Tuvimos una sola, un dirigente con el que yo hacía reuniones siempre. Esa fue la única.

Yo me veía con él para ver si llegaba algún enlace del exterior para poder organizarnos. Recién había llegado un compañero, también de la Dirección, que venía con el plan de sacar al resto. No llegó a implementarlo porque cayó él también, rápidamente. Entonces, seguimos descolgados. Ninguno tenía contacto con la Dirección y estábamos esperando enterarnos para saber qué íbamos a hacer, qué podíamos hacer.

PRT - Santucho - Gorriaran
1973. Mario Roberto Santucho, Benito Urteaga, Enrique Gorriarán Merlo y Carlos Molina

Hasta que de repente, en una cita que teníamos, él no vino. Teníamos dos recambios posibles, fui al recambio siguiente y tampoco vino. Ya era peligroso porque no venir en aquella época donde había tantas caídas, probablemente significaba una nueva. Recuerdo llegar a ese lugar, la cita era a dos cuadras caminando uno en una dirección y el otro en otra. Nos encontrábamos en algún lugar y hablábamos de lo que hubiera. Recuerdo las dudas de entrar o no a la cita. Porque entrar a la cita podía significar que sí él hubiera caído, también podría haber caído la cita. Al final entré. Caminé las dos cuadras y no estaba. Pero en la mitad del camino me crucé con una muchacha que me miró de una manera llamativa y yo la miré también. Caminé diez metros y me di vuelta. Vi que ella también se dio vuelta para mirarme; entonces volví y era un enlace que este compañero me mandaba. Él ya estaba en Brasil. Fue un día a mitad de semana, martes o miércoles. “A tal hora, en tal bar o confitería con la revista Gente sobre la mesa”. La cita te cambiaba la vida. Tenes una cita en Brasil y tenes que liquidar todo lo que tengas en Argentina y te vas sin explicación, sin nada. Aunque este compañero de Dirección, el que cayó, ya nos había hablado, sin decirlo exactamente, que íbamos a salir del país. Entonces lo tomé como una cosa más concreta: “Sí, salimos del país. Y si salimos ¿quién sabe a dónde vamos?”. Liquidamos todo y mi compañera y yo, con un hijo chiquito, nos fuimos a Brasil.

“Liquidamos todo y mi compañera y yo, con un hijo chiquito, nos fuimos a Brasil”.

Cruzamos la frontera en Pasos de los Libres llegamos a Uruguayana, ya en Brasil, y de ahí comenzamos a viajar hasta Río de Janeiro donde era la cita, que duraba unos siete días. Nos instalamos en un hotelito, vamos a la primera cita, la revista Gente sobre la mesa, no viene nadie. Segunda cita, tercera cita, cuarta cita, quinta, sexta y no venía nadie. Quedaba una sola y la revista Gente ya era conocida por todo el bar. Entonces, el último día ya pensábamos que si no venía nadie, nos quedábamos sin Partido en Argentina, sin lugar donde vivir, porque habíamos dejado el departamento en el que estábamos. Y en Brasil solo teníamos unos pesos que durarían poquito. De repente viene un muchacho y nos dice: “¿Ustedes son argentinos?”. Fue la salvación, estábamos de nuevo con los compañeros.

Un pasaje al viejo continente

Yo estuve muy poco en Brasil, fueron unas tres semanas. Había una cantidad de dinero destinada a sacar a la gente y llevarla a Europa, que era muy costoso. Antes menos que ahora, pero igual era muy costoso. Entonces, el criterio era llevar a los compañeros que más hicieran falta, que fueran más útiles, e ir dejando a los demás para cuando se pudiera. Eso significó para mi compañera quedarse cuatro meses en Brasil con el nene. Yo tomé un avión y llegué a París. Allá me esperaba el “pelado” (Enrique) Gorriarán Merlo ahí en el aeropuerto. Me llevó a una casa donde quede instalado con otro compañero que venía por lo mismo y rápidamente me mandaron a una escuela de cuadros. El PRT organizó muchas escuelas en Europa, como una manera de organizar a la gente, de tenerla ocupada y activa. Esta estaba en una colonia de vacaciones a treinta kilómetros de París. Era un lugar más o menos turístico. Ahí me encontré con un grupo de compañeros y me quede con ellos.  

El dinero que había en ese lugar se fue rápidamente y tuvimos que buscar un lugar distinto. Un italiano, amigo del Partido Comunista Italiano, nos prestó una casa vieja desocupada, una especie de tapera que hacía mucho tiempo que no estaba habitada, en la que tuvimos que trabajar bastante para acomodarla y que sea un lugar aceptable para vivir. Era un lugar para unos quince compañeros

Lo que me paso a mí y a mi compañera, en general, se repitió mucho. Ella en Brasil y yo en Europa. Éramos quince varones y las mujeres estaban todas en Brasil. Algunos estaban casados y otros no. En parte, la cuestión de género pesaba. No había cuotas de género, sino que la elección dependía del que más sirve, “el que más experiencia tenga lo traemos ya y a los demás cuando podamos. Ya les tocará”.

Un barrio rojo

Periodico El Combatiente PRT
El periódico El Combatiente fue el principal medio de comunicación del PRT-ERP

Nos fuimos a Italia en tren y llegamos al lugar que nos prestó el compañero italiano; era un pueblito pequeño que se llamaba Plan de Folo, en Los Apeninos, en esa casa vieja que nos prestaron. Estábamos solos. Lo demás era bosque: montaña con árboles. Ahí empezamos a funcionar. 

Rápidamente nos convertimos en una atracción turística local. La gente de la zona empezó a visitarnos mucho; éramos una cosa rara: quince argentinos metidos en un lugarcito. Nadie sabía bien qué éramos pero más o menos entendían que éramos todos subversivos. La zona era bastante roja, una zona con simpatía por el socialismo, por el anarquismo y las diversas variantes de la izquierda. Entonces, empezó a venir mucha gente, entre ellas, muchas muchachas, que venían a ver si entre los quince argentinos había algún futuro “prospecto para ellas” (risas). Yo estuve ahí desde septiembre del 77 hasta diciembre. Luego me mandaron a hacer unos cursos en Cuba y en el mismo mes llegó mi compañera. Me encontré con ella, con mi hijo y al mismo tiempo, como llegaban varias compañeras, la casa dejó de ser adecuada. Los que estaban casados tenían que vivir con sus compañeras. No era lo mismo. Antes dormíamos diez en un mismo cuarto y ahora había que organizarse de otra manera. Entonces, buscaron otro lugar en una ciudad que se llama Zarzana. Yo no fui para ahí. Me fui a España, allí estuvimos poco y ya me organizaron el viaje para Cuba. En esa época no había vuelos directos, había que llegar por el mundo socialista. Entonces viajé vía Suiza a Praga, donde estuve quince días. Allí me atendía un cubano que me iba a organizar el viaje. Vino una vez, me sacó fotos, me hizo un documento distinto para que me moviera y luego el plan era ir a Moscú y de Moscú a La Habana. Bueno, así se hizo.

Un cubano y un argentino en las tierras de Lenin

Cuando llegamos a Moscú, el cubano que me acompañaba desapareció. Me quede solo frente a la migración soviética. Recuerdo que me atendió un pibe, un rusito de 20 años al que le presenté el documento. En seguida se dio cuenta que era falso y me empezó a increpar en su idioma y empezó a llamar a otra gente ¡Con esa porquería de documento yo los quería engañar a ellos! Sin embargo estaba tranquilo, sabía que en algún lugar estaba el cubano y que, en cualquier momento, debía aparecer. Aunque un poco intranquilo también estaba. El cubano, que era cubanísimo, me dice: “Los rusos son muy comemierda”. Ya me había dicho que los húngaros también eran unos comemierda a los que no se los podía organizar, que eran unos gitanos inorganizables y me repetía: “Que los rusos, chico, son muy comemierda…”.

En fin, el cubano arregló las cosas y nos fuimos a un hotel. Estuve tres días allí y yo que no hablo inglés, no me animé a salir mucho. Solo salía a caminar un poco. Era un lugar bastante desolado. El hotel era un hotel antiguo que alguna vez habrá sido lujoso. En ese momento era antiguo más que lujoso pero estaba bien. Entonces, me anoté el nombre del hotel y la dirección, me subí a un taxi y le dije: “Plaza Roja”. Lo dije en otros idiomas para ver si era posible que me entendieran. Me llevaron a la plaza, allí estaba el Kremlin, el mausoleo de Lenin, esas iglesias antiguas y hermosas. A mí me gustaba andar por esa zona. La gente con gorro, aunque no hacía tanto frío. Hacia 0 grados, pero con un abrigo no era un frío que me molestara demasiado, era soportable. Había nieve como en Praga, que para mí era una novedad hasta pasados los quince días, que ya estás harto. Al otro día, volví a la Plaza Roja y me llamaron la atención unas mujeres que llegaban con una mesa y un montón de helados. “Hace 0 grados y venden helados”, pensaba yo. Las miraba hasta que fui y me compre uno. Quería entender. Eran helados cremosos y el cubano me decía: “Si, chico, son helados muy energéticos.”

Las tierras de Fidel

Al fin llegó el día del viaje. Era en Aeroflot, que era como una película aparte de cualquier cosa. Eran dos noches seguidas. Salías una noche, agarrabas otra noche y eran como 16 horas de oscuridad ¡Qué sé yo! bastante pesado era. Me tocó viajar con unos marineros soviéticos que trabajaban en una plataforma de petróleo. Yo les comenté que iba a Cuba, ni ellos hablaban español ni yo ruso, así que nos entendíamos como Tarzán y los monos. Entonces, ellos decidieron, en seguida, que yo era cubano. Me convidaban pescado seco, vino blanco que llevaban, y me miraban con cara de “este subnormal no sabe ni cómo se toma”.  Me enseñaron a tomarlo, realizaban una maniobra con el brazo antes, yo aprendía y ellos contentos. En un momento, uno saca una guitarra, me la dan y uno me dice: “Cuba, guitarra”. Como ellos habían decidido que yo era cubano, tenía que tocar la guitarra, cantar y bailar. Al rato me aburrí y quise dormir pero pasó una azafata y me tiró café encima ¡Un quilombo!  

El viaje: fueron dos noches seguidas que te dan una sensación extraña, como de estar metido en un túnel del tiempo sin saber cuándo vas a llegar. Cuando salió el sol, llegamos a La Habana. Allí me estaban esperando. Todo bien organizado, me llevaron a un departamento en El Vedado, que es el mejor barrio de La Habana. Después me enteré que ese departamento lo tenían para invitados que venían a hacer cursos de instrucción ya sea militar, de inteligencia o de lo que sea. También me enteré que allí había vivido Roque Daltón, lo que me provocó una gran alegría. En La Habana estuve seis meses.

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Raúl y Fidel Castro en 1977. La isla recibió a decenas de exiliados argentinos

Mi mujer estaba en Madrid, nos mandábamos cartas cuando podíamos, muy de vez en cuando contándonos las novedades. A Mediados del 78 volví a Madrid, donde me encontré con ella que estaba viviendo con otros compañeros y con mi hijo. Se estaba preparando el primer cisma del PRT, ya que el plan nuestro de salir para volver no se pudo cumplir por problemas internos. El Partido primero se partió en dos cuando Gorriarán se separó. Después, la gente que se quedó, que eran varios cientos de compañeros, estaban en distintos países: Suecia, Canadá, Estados Unidos, México, España, Italia, Francia. Entonces, los compañeros organizaron un Congreso, para nosotros era el sexto. Gorriarán, en definitiva, hizo lo más positivo: irse a Nicaragua, participar de los combates finales, ejecutar a Somoza después. Los demás hicimos el sexto Congreso en un convento que nos prestó un cura rojo. Yo estaba en Italia otra vez. Se votó un nuevo Comité Central, el retorno, se re aprobó al Secretario General por aclamación y el resto fue elegido por votación. En seguida nomás, comenzaron nuevamente los problemas. Un buró dividido, que era la dirección, compuesta por cinco o seis miembros, un Comité Ejecutivo como de 20 personas, y un Comité Central más grande. Un exceso de direcciones. Pero bueno, así venía organizado el PRT y así siguió.

Las rupturas del PRT en el exilio

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Luis Mattini en la década del 70

Nosotros volvimos y nos quedamos en España, de repente se acabó el dinero. Así que ya no hubo escuelas y hubo que salir a buscarse la vida. Mi compañero y yo, junto a otros dos simpatizantes, que conocían algo del oficio, armamos un tallercito de monederos de cuero de oveja. Nos fue muy bien. Hacíamos unos monederos muy lindos, pintados a mano, muy trabajados que se colgaban del cuello con un cordel y con eso vivíamos. Modestamente pero sin penurias. La comida en España era muy barata. Para completar el relato, diremos que los problemas se fueron agudizando, de nuevo hubo dos ideas distintas en torno al retorno a la Argentina. Una de retorno inmediato y otra de “aun no podemos”. La falta de acuerdo fue desgastando mucho a la militancia en general, especialmente en los organismos de dirección del Partido. Se empezó a ir gente y de repente éramos muchos menos o estaban pero no estaban. El Congreso fue en el 79 y fue todo un año con mucha lucha interna, mucho desgaste y ya cerca del 80 sentí que no quedaba nada. El Secretario General fue cambiado y se eligió a Roberto Guevara, que era un muy buen compañero pero no estaba preparado para dirigir un Partido. Pero como el buró también estaba partido, los que estaban en contra de Luis Mattini de repente lo impulsaron a Guevara. Mattini estaba muy deprimido y no estaba en condiciones de defenderse. Entonces lo cambiaron. Roberto Guevara lo único que quería cumplir era el retorno, entonces la gente se empezó a venir para México para organizar ese retorno. Pero éramos 20…30 compañeros, nada. Ya era una cuestión de tozudez: “Dijimos de volver, hay que volver y quien no la hace es pequeño burgués…” Bueno, Mattini se fue del PRT, yo también. Luego nos encontramos en México.

Buscarse la vida

En España se podía vivir bien con la venta de los monederos, pero era una cosa muy precaria también. Al no tener un local para venderlo, lo hacíamos en El Rastro que es un mercado grande de artesanías y muebles en Madrid. También vendíamos en la calle, en el Paseo del Prado, un lugar bastante estratégico. Pero España tenía un paro grande, un nivel alto de desempleo y empleo que aparecía, empleo que era para un español. Además, nosotros andábamos con documentación falsa. Como el plan era volver, no había que destabicarse. Estábamos todos ilegales, en España te daban permiso por cierto tiempo y la forma de seguir siendo legal era salir del país, sacar otro permiso y eso no siempre se podía hacer. Al final estábamos ilegales, vendiendo monederos y subsistiendo. Yo tenía un hermano en México que me había insistido muchas veces para que nos vayamos para allá. Un día, con mi compañera, lo decidimos y en noviembre de 1980 nos vinimos. En general, si tuviera que decir cómo viví el exilio, creo que lo más complicado fueron los problemas políticos internos, la vida en sí nunca fue demasiado grave, para nada. Estábamos en la escuela, nos arreglábamos como podíamos. Había unos bosques de castaña rodeando la escuela y el encargado de la escuela nos hacía juntar castañas. Hacíamos ensaladas, puré, todo de castaña. En general yo creo que tuve una situación un poco privilegiada. No tuve problemas en España, parábamos en un departamento económico y la comida era barata. Entonces, no puedo decir: “El exilio para mí fue terrible, pasar hambre…”. Hace poco vi una digresión que pusieron en Facebook. Un compañero del PRT que estaba en una ciudad de Brescia, Italia, se había suicidado debido a la situación de pobreza extrema en la que se encontraba y por no poder resolver los problemas de la vida cotidiana. Desesperado, se pegó un tiro. Nosotros estábamos muy lejos de eso, siempre nos arreglamos. Aunque sí debo decir que cuando hacíamos los monederos y los vendíamos también éramos algo especiales en el Partido porque la mayoría de la gente no trabajaba. No sé de qué vivían. No había dinero, tampoco trabajaban y en las fábricas no conseguían. Para mí, no encontraron la manera. Para nosotros fue fácil pero duro. A veces teníamos pedidos de grandes almacenes, grandes tiendas que nos pedían mil monederos y era una cosa de locos. Laburábamos a lo bestia pero estaba bien.

Un montón de historietas mexicanas

Llegamos a México, nos instalamos en la casa de un compañero por el centro, en el Zócalo, y ahí estuvimos un mes. Después, yo conseguí mi primer trabajo que fue de proyectorista de películas de pistoleros en los campos de petróleo del sur de México. Me acuerdo que tenían también una casa cinematográfica de izquierda. Viajaba por Oaxaca, Chiapas, Tabasco y Veracruz; cosa que me permitió conocer bastante y juntar un poco de dinero como para pensar en mudarnos y buscar un lugar para nosotros. Todo era más barato, hace 36 años era todo más barato que ahora. Entonces, conseguimos un departamento en una colonia que se llama Moderna.

Yo no había pensado en escribir. Había tenido, antes de militar, devaneos de poeta maldito y había escrito una cantidad de poemas y después me di cuenta que, sin quererlo quizás, imitaba mucho a los poetas que más me gustaban. Eso duro más o menos hasta los veinte años. Un día dije: “Todo esto es una mierda”. Saque todo al patio de mi casa y ante la desesperación de mi mamá, con la que todavía vivía, quemé todo. El poeta desapareció.  

Aquí comencé a conseguir trabajo en lugares donde tenía que escribir. Lo primero fue relacionarme con una gente que estaba en un proyecto muy interesante. Era para hacer historietas, que en aquel momento se vendían mucho. Debe ser uno de los países del mundo donde más historietas se consumían. Historietas, podemos decir, de mala calidad en general. Alguna que otra excepción. Pero este era un proyecto que venía de la Secretaria de Cultura, del Estado, del Gobierno. El proyecto buscaba aprovechar el nivel de consumo de los mexicanos y armar historietas con otro contenido. Entonces, armamos historietas históricas que contaban la historia de México; otras que se llamaban “Novelas Mexicanas Ilustradas”. Era tomar novelas y adaptarlas. Cosa que hoy, se está haciendo de nuevo. No solo acá, sino también en Argentina. Ahora se llaman novelas gráficas, ediciones de tapa dura, a veces caros. Yo empecé a trabajar en eso y mi mujer también. Ella es licenciada en Letras, yo no. Yo no soy licenciado en nada.

Soy escritor

Después de ese año, nos mudamos para aquí, a La Condesa. Vivimos en tres lugares distintos. Luego, el proyecto se vino abajo. Cambiaron los funcionarios y sucedió lo que pasa siempre. El nuevo funcionario que vino dijo: “Todo esto es una porquería, vamos a hacer otra cosa.” Es lo más frecuente que suceda acá. Por lo tanto, el proyecto desapareció. Lo dirigía un hombre que levantó bastante prestigio en la cultura mexicana, Paco Taibo II del que yo me hice amigo. Fui muchas veces a comer a la casa de sus padres. Allí conocí a sus padres y nos caímos bien. Entonces, de repente, el padre, Paco Taibo I, un tipo culto, autor de varios libros de astronomía y novelas, consiguió un trabajo en lo que era el Canal 13 de televisión, que era del Estado, para hacer un programa histórico-político. Como ya teníamos relación me llevó a mí de guionista y estuve trabajando allí algunos años. Incluso, era donde más dinero gané hasta hoy. Me pagaban por guión. Luego Taibo empezó a hacer otro programa del que también fui guionista. Entonces, por acumulación y combinación, pensé: “Me la paso escribiendo todo el día y tengo una historia importante que me gustaría contar ¿Porque no escribo un libro?”. Esa fue mi primera aproximación a la literatura. Me costó mucho, ya que frente a la literatura yo siempre me sentí un lector, los que escribían eran otros, pero me puse a escribir y salió un libro que se llamó Los compañeros. Rolo Diez Los Compañeros chicaEs testimonial, sobre la lucha del PRT en los últimos años en la Argentina. Tuvo una buena recepción acá pero lo más importante fue vencer el miedo a escribir. No el miedo a la página en blanco, eso es un cuento. Sí a decir: “yo voy a ser un escritor”. Apenas terminé ese libro, arranqué otro pero ya de ficción, aunque con el mismo tema: Buenos Aires, 1970 y pico, militancia y terrorismo de Estado. En ese libro sucedió una cosa curiosa porque Taibo organiza algo que se llama “La semana negra de Gijón” que es un encuentro de escritores de novelas negras que se hace todos los años. Este año, cumple 30 años. Yo fui a la semana negra y en una de esas, Taibo me dice que estaba el editor de “Serie negra de Gallimard”. Habían publicado como cinco mil títulos y Taibo le pasa mi libro Vladimir Illich contra los uniformados, titulo medio expresivo (risas). Al editor francés le encantó y en seguida me contactó y empecé a escribir para Gallimard, que es como jugar al futbol y pasar al Barcelona o al Real Madrid. Una editorial muy importante en el mundo. En Gallimard escribí un montón de novelas, me las compraba todas. Era fan mío. O sea, tuve suerte.

Después, él se fue de Gallimard. Vino por acá y yo acababa de venderle un libro a Gallimard. Apareció por casa y me comentó que se iba a ir a otra editorial en Francia y que quería que me vaya con él. Me agarró de sorpresa y le dije: “Mirá, Patrick, te lo agradezco mucho. Pero estoy publicando con Gallimard. Tú sabes bien lo que es Gallimard. Si yo me voy ¿Qué me ofreces?”. Te pago el doble de Gallimard, me dijo. Entonces me fui a otra editorial grande de Francia. Ahí publicamos algo pero él rápidamente se peleó y se fue. Me dejó colgado porque él era el que publicaba todo lo que yo hacía. Entonces, el siguiente libro que mandé me dijeron: “Bueno, esto no. Me gustó más el primero…”. No me lo publicaron y, a todo esto, Gallimard para castigarme, por la osadía de haberme ido y dejar de ser un “autor Gallimard” no me publicó el libro. A pesar de haberme pagado un anticipo de 5000 euros. Cosas que pasan. Digamos que he tenido un exilio interesante, con altibajos, sin penurias y me considero bastante afortunado, comparado con varios autores que no han podido publicar en ningún lado. Autores que tienen que pagar para que los publiquen. Las editoriales chicas les cobran. Sí, me considero afortunado.

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