El 2019 comienza a adquirir contornos cada vez más nítidos en el horizonte peronista. Prueba de ello fue el encuentro que, bajo la consigna “Argentina Unida – Desafíos en el fortalecimiento del campo popular”, tuvo lugar el pasado jueves en la sede porteña de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET). Con el gremialista Víctor Santa María como anfitrión, y en la que quizás haya sido una de las mayores demostraciones de unidad en dos años de gobierno de Cambiemos, dirigentes de las tres corrientes que hoy conforman el peronismo se dieron cita con el fin de acercar posiciones y comenzar a sentar las bases de una eventual agenda en común, de cara al año y medio que resta para las próximas elecciones presidenciales.

“Nuestro único límite para la unidad es Cambiemos. Milito las 24 horas para que el 10 de diciembre de 2019 sea el último día que gobierne la derecha en Argentina”, exclamó, frente a los presentes, un efervescente Agustín Rossi. Rodeados de una estética tildada por algunos de excesivamente light, otros que expusieron sobre el escenario de la UMET, además de Rossi, fueron el incombustible Daniel Filmus; figuras cercanas al randazzismo, como Alberto Fernández y Fernando “Chino” Navarro; y, a título individual, los diputados Felipe Solá y Daniel Arroyo. Es que, aunque ambos revisten en el espacio de Sergio Massa, la posición orgánica del Frente Renovador fue la de rechazar la convocatoria. “La unidad no es posible con el kirchnerismo, la presencia de Solá y Arroyo allí es de carácter personal”, se encargaron de aclarar desde el entorno del tigrense.

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El randazzista Alberto Fernández junto al diputado K Daniel Filmus. Detrás, el economista del Frente Renovador, Daniel Arroyo. Foto: Agencia Foto Sur

A pesar de ya no ver con tan malos ojos al PJ, Massa se rehúsa a compartir vereda con Cristina Kirchner. Sabe, no obstante, que tarde o temprano tendrá que sentarse a negociar con los dirigentes peronistas, siempre y cuando su deseo siga siendo el de explotar el escueto capital político que todavía conserva. El ex intendente de Tigre carece de un núcleo duro de adherentes tan incondicional como el de la ex presidenta. Pero su pertenencia generacional lo mantiene aún en carrera: no sería descabellado verlo, en un futuro no tan lejano, tejiendo lazos con los gobernadores más jóvenes del peronismo, como son el sanjuanino Sergio Uñac o el salteño Juan Manuel Urtubey. Uñac supo ser uno de los favoritos de la Casa Rosada pero, tras ausentarse de las sesiones legislativas de diciembre, se ganó un lugar en la lista negra de Macri. No resulta casual que sea de los pocos peronistas que, junto al tucumano Juan Manzur, hayan salido airosos de la contienda electoral de 2017.

Tampoco pasó desapercibida la presencia de Alberto Rodríguez Saá. El gobernador puntano fue el único de los mandatarios provinciales en plantar bandera en la UMET. Encargado del cierre, ratificó la idea que había venido sosteniendo en declaraciones anteriores a la prensa: desechar la hipótesis, que muchos en las propias filas sostienen, entre resignados y convencidos, según la cual el peronismo recién retomaría el poder en 2023. “Les dijeron al pueblo que no puede cumplir sus sueños, que no va a gobernar en 2019 pero eso no es cierto”, aseguró enfático. Rodríguez Saá puntualizó que la mejor manera de lograrlo es evitando hablar de fórmulas presidenciales o de especulaciones. Y destacó que, al menos por ahora, lo esencial es que la sociedad vea a los distintos espacios juntos.

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De izquierda a derecha: Víctor Santa María, Daniel Arroyo, Alberto Fernández, Daniel Filmus, Fernando “Chino” Navarro, Agustín Rossi y Felipe Solá. Foto: Agencia Foto Sur

Las críticas al Gobierno fueron el denominador común de todos los que hicieron uso de la palabra. Fue de parte de Navarro que provino el reclamo autocrítico de “salir a la calle” y “escuchar más”. “Empecemos a construir unidad junto a los compañeros que están sufriendo, defendiendo los derechos de los trabajadores y de los más humildes. Hay que confiar en la participación popular, después aparecen los nombres”, lanzó ante un auditorio colmado. Luego del golpe que le significó la paupérrima performance electoral del espacio Cumplir, el referente del Movimiento Evita busca volver de apoco a la escena. Los fantasmas que rondaron la candidatura de Florencio Randazzo, ferozmente acusada por el kirchnerismo de ser funcional a Cambiemos, son aquellos que más rápido deberían ser conjurados para conseguir aunar voluntades. ¿O acaso, como llegaron a argüir los randazzistas, el error fue la creación de Unidad Ciudadana?

Uno de los títulos políticos más resonantes de la semana que pasó fue, sin duda, la reunión que protagonizaran la ex mandataria y Alberto Fernández. Sucedida hace más de un mes, fue el propio ex jefe de Gabinete kirchnerista quien la diera a conocer a través de una entrevista con FM La Patriada. “Todos los peronistas tenemos que entender que con Cristina no alcanza, pero sin Cristina no se puede”, sentenció. Quien no tardó en recriminárselo fue Miguel Ángel Pichetto. Por televisión, no solo se quejó por no haber sido invitado al encuentro, sino que dejó en claro una de las convicciones más profundas del ala “dialoguista” del PJ: el peronismo debe mirar hacia adelante y desvincularse de cualquier lastre que tenga que ver con el pasado reciente. “Hay que trabajar en la construcción de un liderazgo alternativo, de lo contrario vamos a estar frente a lo inexorable”, advirtió el senador rionegrino, en clara alusión a una posible nueva candidatura de Cristina Kirchner en 2019.

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Cristina Kirchner en el cierre de las elecciones PASO. La ex presidenta se impuso en las primarias legislativas como candidata a diputada bonaerense, pero cayó derrotada en octubre por 387.114 votos de diferencia

¿El 2001 del peronismo?

Tantas veces me mataron/tantas veces me morí/sin embargo estoy aquí/resucitando. Como la cigarra de María Elena Walsh, el peronismo puede hacer alarde de haber sobrevivido a los tiempos más adversos que le tocó transitar. Y, pese a que las circunstancias de ser opositor los ubique hoy en un rol por demás incómodo para su naturaleza política, los herederos de Perón no dejan de perder centralidad en el mapa político nacional. ¿Qué chances tiene el peronismo de volver al poder en 2019? ¿Su crisis responde únicamente a la incapacidad de su dirigencia de conciliar en torno a un proyecto y encolumnarse detrás de una conducción que la guíe o, por sobre todas las cosas, está puesta en duda su histórica habilidad para interpretar, de acuerdo a la época, las demandas y los humores de la sociedad argentina?

En un artículo publicado el año pasado en Revista Panamá, el sociólogo Juan Carlos Torre fue a lo profundo y puso sobre la mesa una hipótesis provocativa: en las rencillas superficiales entre dirigentes peronistas puede estar el reflejo de “un efecto social retardado de la crisis de 2001″ que, a lo largo de una década y no sin dificultades, el kirchnerismo habría podido contener desde el aparato del Estado. Haciendo gala de su condición de reconocido peronólogo, Torre adjudica el origen de la fragmentación del peronismo a la división de su “columna vertebral” entre trabajadores formales y trabajadores informales o excluidos. En otras palabras, estaríamos ante las consecuencias de una ruptura al interior de “las bases populares del peronismo”. Algo que, a costa de una relativa independización de la esfera político-partidaria, llevó a que la voz unitaria del mundo del trabajo dejara de ser, como lo fue durante décadas, el factor aglutinante del imaginario y de la vida política peronista.

Vale la pena, para indagar en esta idea, echar un vistazo a lo ocurrido en las elecciones de octubre en el bastión histórico del peronismo: el conurbano de la provincia de Buenos Aires. En la poderosa tercera sección electoral, que concentra más de 4.500.000 votantes que viven en los 19 municipios más afectados por el contexto económico, Cristina Kirchner obtuvo su mejor resultado: casi 1.500.000 votos. Sin embargo, la cosecha de votos de Esteban Bullrich en ese mismo territorio estuvo lejos de ser escasa. Allí, por el contrario, el caudal electoral de Cambiemos aumentó considerablemente respecto a las PASO de agosto: pasó de alrededor de 900.000 a casi 1.200.000. En 2007, la brecha en la tercera sección entre la ex presidenta y su oponente más cercano había sido de 30 puntos porcentuales. Mientras que, en 2011, lo fue de 50. En 2017, en comparación a las veces anteriores, la distancia fue considerablemente menor: 13%.

Así expuestos, los números dan cuenta de una realidad coyuntural: los bonaerenses más pobres no atribuyen unánimemente al gobierno actual la deficiente infraestructura de sus barrios o la caída del poder adquisitivo de sus salarios. “Algunos trabajadores de la clase social que fue el núcleo del peronismo hoy son receptivos al discurso meritocrático y luminoso de Pro y cometen el ‘sacrilegio’ de votar a Cambiemos”, definió, en una nota escrita para La Nación, el politólogo y sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga. ¿Y si en realidad el deseo último de Macri y los suyos, el horizonte estratégico que sustentaría conceptualmente el “cambio cultural” tan repetido desde las usinas oficialistas, sea el de acaparar, ni más ni menos, la representación política de aquel sujeto colectivo fragmentado y clásicamente referenciado en el peronismo? La figura de María Eugenia Vidal, una suerte de producto viviente del focus group más minucioso, parece sintetizar a la perfección esa hoja de ruta.

Sería imperdonable para los peronistas que se repita, llegado el momento, un escenario similar al de 2017. Mucho más sabiendo que en el 2019 se pondrá en juego el poder territorial de los intendentes y el sillón de los gobernadores en cada una de las provincias donde gobierna. La derrota en las pasadas legislativas fue la tercera consecutiva que cosechó el PJ, una situación inédita en sus más de setenta años de historia. Y si bien el reagrupamiento de todas sus facciones podría abrir las puertas a una potencial victoria, resulta difícil imaginar en la actualidad a los caciques de cada una de las tribus representadas en la UMET reuniéndose bajo un mismo techo. Es una incógnita si lo ocurrido este mes será el primer paso de algo superador u otra expresión fallida de un peronismo que, como un Teseo desorientado, continúa sin encontrar la salida del laberinto.

*Artículo publicado originalmente en el sitio Misiones Opina

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