La situación política en Brasil viene atravesando tiempos muy complejos, como buena parte de Sudamérica, pero con la particularidad de haberse desarrollado en este país, el más grande, más poblado y más rico del subcontinente, un golpe parlamentario que recientemente destituyó a su presidenta.

Es imposible no encontrar elementos comunes en cómo se desarrolla la ofensiva neoliberal entre el país hermano y el nuestro. Los multimedios y el “partido judicial” actuando en tándem, como punta de lanza de los intereses de concentración de las riquezas por parte de las elites oligárquicas que siempre tuvieron el poder en nuestros países. Elites que aprovecharon el resurgimiento económico tras la crisis del neoliberalismo de fin de siglo, pero que hoy van por más, para maximizar sus ganancias, poner a disposición nuestros estados para eso, y ampliar la explotación y la exclusión social de los cientos de miles de trabajadores y trabajadoras que habían mejorado relativamente sus condiciones de vida durante los procesos políticos neodesarrollistas y progresistas del siglo XXI.

Las sensaciones son encontradas, contradictorias como la realidad, para quienes venimos relacionándonos con el movimiento popular brasileño desde hace un tiempo y tuvimos la suerte de participar de estos días de movilización en Porto Alegre.

Por un lado, caminando las calles, viendo la televisión, escuchando historias resistentes de estos meses, y siguiendo la previsible, aunque voraz, ensañada, sentencia de los jueces del tribunal de apelación contra Lula; queda claro que el proceso antidemocrático que inició con la ofensiva por la destitución de Dilma Rousseff, no solo continúa sino que se profundiza. Desde la medidas de encarecimiento de la vida popular y las reformas a las leyes laborales y previsionales, hasta el aumento exponencial de la violencia institucional, que se vivenció estos días en una ciudad casi sitiada por fuerzas represivas y con detención de militantes de organizaciones juveniles por las protestas después del fallo. Pasando, claro está, por lo que nos convocaba, que era la persecución judicial con niveles de arbitrariedad sin precedentes, del principal líder político del país, y por lejos, principal precandidato para las elecciones presidenciales de este año. Claramente esto último determina el accionar de poderes que están dispuestos a sumir al país en una crisis política sin precedentes, con tal de que Lula, y sobre todo lo que hoy expresa, vuelva al gobierno.

Pero decíamos sensaciones encontradas, porque lo que vivimos en estos días fue el resurgimiento, una vez más, de la vitalidad, la autoestima, la fortaleza, la alegría de un pueblo que tras el golpe y los retrocesos, se volvió a encontrar masivamente en las calles, que volvió a tener esperanza, aunque el resultado en lo judicial ya estaba puesto. Esperanzas que parecen radicar justamente en esa voluntad que pareció renacer, de ganar las calles, hacerse fuertes en el protagonismo de los movimientos sociales, reconstruir mensajes políticos movilizadores de mayorías, reinventar herramientas y un proyecto que no solo se proponga ganar, sino para eso, enamorar con un futuro mucho más justo. Y regar pacientemente esa unidad que fue protagonista de estos días y puede ser la escalera hacia la victoria. Aunque en lo inmediato, la bala de plata, como nos decía un dirigente metalúrgico gaúcho, sigue siendo, a pesar de las críticas a varios aspectos de sus gobiernos, el viejo líder Lula da Silva y su imperecedero carisma.

 

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