Foto: Andrea Romio

Violinista y rockero   

“Cuando tocábamos en la calle, hacíamos Jijiji. La gente se copaba y ponía mucha plata en el estuche, se paraban delante nuestro y cantaban, cada uno tenía una letra distinta hasta que en el estribillo todos se unían en un “no lo soñeeeeeeeeeé”. Estábamos re cansados de tocar ese tema, pero teníamos que hacerlo si queríamos conseguir dinero. Éramos como prostitutas musicales”. Post de Facebook.

Nicolás Burgos eligió la música como modo de vida. Nació en 1988 en General Rodriguez y vive en Moreno. Toca con bandas, en eventos, da clases particulares en su domicilio y en centros culturales y es luthier. Desde chico, formó parte de muchas orquestas, entre ellas la Orquesta Académica Buenos Aires (ex Orquesta del Teatro Colón), la Orquesta de Tango del Conservatorio de Morón y la Orquesta Municipal de Moreno. Una vez, una vidente le dijo que no iba a llegar a nada con la música y el violín. Pero él ya viajó al Machu Pichu y tocó con Ricardo Mollo de invitado en la grabación del disco de una banda.

Aunque Nicolás lleve la mitad de su vida estudiando, aún cree que le falta darle forma a todos sus conocimientos para hacer algo más sólido, para no tener que estar haciendo malabares. Es por eso que todavía no se ha lanzado como solista. Tampoco le interesa formar una banda para convertirse en algo comercial, para tocar por tocar. Por ahora, no busca ser un músico reconocido de esa manera, prefiere quedarse en su casa practicando escalas con el violín.

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Foto: Andrea Romio

Él es morocho, alto, delgado con espalda prominente. Suele usar bigotes, una barba tupida y el cabello sobre su rostro o recogido. Sus ojos son pequeños y marrones. Se viste con remeras negras, camisas a cuadros desabrochadas, jeans y zapatillas altas de lona negras. Tiene una herida en su hombro derecho por una caída andando en bicicleta, pero la exhibe con orgullo, como símbolo de su libertad. Le encanta salir a pedalear, pero le cuesta conseguir quién le siga el ritmo y las distancias que quiere recorrer.

A diferencia de lo que se suele pensar de los músicos, él no sale muy seguido de noche. Sabe que no siempre la va a pasar bien, en el invierno prefiere no pasar frío. Una madrugada, estaba caminando con un amigo y se le acercó un flaco de la nada, le pegó una piña en la boca y se cayó al piso. En otra ocasión, estaba en un bar y en un descuido le robaron la mochila, aunque no el violín, que estaba a su lado.

Los chicos a la city

“Mi mamá me dijo que ella lo iba a ver todos los días, pero él me dice que se acuerda que ella no lo iba a ver. Él se quedaba esperándola sentadito en la ventana, pero ella no venía”. Fernanda Vera, una de sus hermanas.

Nicolás fue un niño muy solitario. Vivió desde los dos años sin sus padres, con sus abuelos maternos, sin tener contacto con sus medios hermanos y hermanas. Aunque siempre quiso ser músico, tranquilamente podría haberse volcado hacia otra actividad. Cuando era chico le encantaba dibujar y escribir cuentos. Tocaba la guitarra, pero sus abuelos, gente de clase trabajadora, no le dieron mucha importancia. No fue hasta en la secundaria, cuando orientó su camino hacia la música para hacer más bella su soledad.

Allí armó una banda junto a unos chicos que tocaban otros instrumentos, que alquilaban en una sala de ensayo. Nunca le pusieron un nombre, querían hacer rock, pero en realidad no sabían qué era lo que tocaban. Él era guitarrista, otro chico tocaba el bajo, otro la batería y otro cantaba. En ese tiempo, él tuvo una guitarra eléctrica que le había comprado el marido de su mamá, pero una tarde se cruzó al chico que se la había vendido, se la pidió prestada y no lo volvió a ver, a él ni al instrumento.

A Nicolás le gustaba el sonido de una nota cuando se mantiene, en una guitarra criolla no se puede hacer, prefería una guitarra eléctrica con distorsión. El violín también permite esto, le atraía su sonido cuando lo escuchaba cada tanto en algún concierto que pasaban por la televisión.

Con el tiempo la banda logró ahorrar para comprar sus propios instrumentos. La noche previa a ir a comprarlos a Capital, Nicolás estaba ansioso por tener al fin su guitarra. Se quedó dormido viendo un concierto para violín en la tele y soñó que él mismo lo tocaba.

Cuando llegaron al primer local, consultaron el precio de la guitarra más económica, salía 300 pesos y él tenía 250. Desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, recorrieron todas las casas de música de las calles Sarmiento y Talcahuano. Los precios no bajaban y con sus rostros tristes tomaron el tren de regreso. Nicolás recordó que en Morón había dos lugares a los que podían ir y bajaron ahí. Otra vez lo mismo, guitarras 300. En la pared había violines y violas. Quiso saber el precio, 215 salían. A pesar de los comentarios negativos de sus amigos, se compró un violín.

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En su casa, lo único que recibió fueron quejas, no le quisieron pagar ni una clase. Con el poco conocimiento musical que tenía fue tratando de descifrar cómo se formaban las escalas. Aprendió a leer música con un librito usado que compró. Cuando dominó mejor el instrumento, empezó a tocar en la peatonal Florida y con ese dinero pagaba sus clases después del colegio. También iba a una orquesta escuela donde ya había entrado.

Una vez -recuerda- se le rompió una cuerda y no podía trabajar para juntar la plata para repararla. Pasaron dos meses, hasta que su abuelo le dio los seis pesos que valía. Después de unos años de tocar, algunas personas le empezaron a pedir que les enseñe. Y le gustó, porque siempre fue muy observador en todo lo relacionado al instrumento. A diferencia de muchos profesores que se guardan sus conocimientos, a él le gusta compartir todo lo que descubre en cuanto a técnicas con el violín, para hacerlo más sencillo para los demás.

No sólo aprender a tocar

“La satisfacción siempre es propia, es poder hacer lo que uno quiere. Aunque esa libertad que te otorga la música tiene su precio también. Después de un tiempo, como que ya no te importa y tratás de seguir para adelante”.   

Con el paso de los años, el dormitorio de Nicolás se fue poblando de violines y violas. Los estuches más nuevos se empezaron a mezclar entre los más gastados. Cada instrumento tiene su propia historia. Posee un violín del año 1909, que se lo regaló su vecina de enfrente. Era de su patrón, cuando falleció se lo dieron a ella. Pasaron muchos años y estuvo tanto tiempo guardado, que una de las maderas se despegó. Nicolás lo llevó a reparar a una casa de música, pero se lo arreglaron mal, le cambiaron una parte que no era la que correspondía. El violín se volvía a despegar y él lo llevaba de nuevo. Así varias veces, ahora está todo desarmado.  

Decidió estudiar luthería para que no lo estafaran más. También aprendió a convertir violines económicos en profesionales, empezando por el primero que tuvo. El instrumento le gustaba, pero quiso tener uno mejor. No podía comprarlo porque las casas de música especializadas los cobran muy caros, incluso más de lo que realmente valen. Ese violín, a su criterio, es el que mejor suena. Produce el sonido que siempre buscó.

Nicolás conserva algunos violines antiguos, uno es copia de un Stradivarius, hecho en Argentina. Lo compró en una casa de antigüedades. Otro es francés, todavía conserva su etiqueta. Se lo regaló la novia de un amigo, luego de comprarlo para filmar un cortometraje. Otro era de uno de sus alumnos, que entusiasmado por aprender a tocar, se compró tres violines. Al gastar bastante dinero en ellos, se quedó sin presupuesto para sus clases. Le pidió de entregarle uno, a cambio de algunos meses de enseñanza.  

Otro violín se lo dejaron para reparar hace tres años y todavía no lo pasaron a buscar. El dueño vive cerca de su casa, y sin embargo nunca volvió. Pero sin dudas, el violín que si hablara ¡las cosas que contaría!, es el que usa para salir a tocar, no solo en recitales, en grabaciones y eventos, sino también en sus viajes de mochilero por Argentina y países cercanos.

Ph Mariana Heffler
Foto: Mariana Heffler

También tiene un piano de pared que se lo cambió a un amigo por una viola. A él no le interesaba, reconocía que era una transacción desigual. Pero él insistió, y ahí está, lo usa para apoyar las cosas que andan sueltas por su pieza. Sabe tocar algunos temas, pero lo aprovechó cuando fue a clases de composición.

Nicolás cursó un tiempo en el Conservatorio de Música de Morón “Alberto Ginastera”, pero lo abandonó. Consideró que su formación no iba a pasar por el hecho de tener un papel que acreditara sus supuestos saberes. Prefirió aprovechar el tiempo y asistir a profesores particulares que se dedicaran a transmitirle el conocimiento que él específicamente necesitaba. Y así, no iba a tener un límite para crecer.

El profesor de violín que más lo influenció se llamó Jorge Braña, fue primer violín por treinta y cinco años de la orquesta filarmónica del Teatro Colón. Muchas veces, Nicolás iba a sus clases con poco dinero. Jorge veía que cuando sacaba los billetes de su bolsillo para pagarle, solo le quedaban cinco pesos y no se los quería agarrar. Él le decía que los acepte, que ese dinero lo estaba haciendo gracias a lo que él le estaba enseñando.

Las clases iban más allá de aprender a tocar el violín, conversaban sobre muchas cosas. Jorge le enseñaba el mensaje que el compositor quiso decir con cada obra, situándose en el contexto sociopolítico para comprender por qué se tocaba de esa manera y lo que significaban las frases musicales.

Nicolás siempre trató de relacionarse con violinistas de todos los estilos para compartir puntos de vista sobre técnica y otros aspectos, pero con frecuencia recibe el rechazo de quienes hablan del violín como si fuese un secreto de alquimia, un conocimiento que pocos pueden saber.

Le pone contento que algunas personas de otros países hayan visto algunos de los videos que subió a Youtube y le pidieran las partituras de los arreglos que les hizo. Realmente nunca los escribió. Los hace, permanecen en su memoria y los va modificando, hasta creer que ya es suficiente.

Con la música a otra parte

“Era de madrugada, estaba estudiando en mi casa como todas las noches. Miré hacia la calle y vi un hombre parado escuchándome”.

Desde el municipio, a veces lo llaman para tocar gratis en algún evento. Él no tiene problema cuando la invitación es por una causa justa, con fines solidarios, pero le molesta que lo llamen porque no consiguen a otra persona. Se queja de que antes traían a artistas grandes y no apoyaban a los artistas locales, y de que ahora hagan cultura poniendo parlantes con reggaetón en las plazas de los barrios.

Cuando hubo una suba de precios en los alimentos y en los servicios, se le fueron muchos alumnos que no podían pagar sus clases particulares. Como su casa es pequeña, habló con muchas personas del municipio para que le prestaran un salón amplio, dos horas por semana, para realizar una clase grupal gratuita, para las personas que querían aprender a tocar y no tenían dinero. Aunque no pedía ningún sueldo, le dijeron que no, porque “no había plata”.

A Nicolás lo que más le gusta tocar es música clásica, pero se encuentra con que hay muchos prejuicios. Dice que algunos piensan que él es un cheto o un agrandado. Se queja que se desvaloriza esa música porque es europea, y en realidad, la música no tiene fronteras. Hay quienes piensan que es un aburrido y le piden una cumbia, él se sabe alguna, pero no quiere hacer música que sea simple y burdo entretenimiento. Aunque sabe tocar de todo, siente que hoy en día no está aportando nada su música. Todo depende de que el público esté dispuesto a escucharlo.

En las contrataciones en casamientos, tampoco es mucha la atención. En tiempo de selfies, violinistas, violonchelistas y pianistas suelen ser ignorados en cuanto artistas, pero aparecen en la escenografía de las fotos de los invitados. A veces, algunas personas lo invitan a participar de la grabación de un disco. Cuando él les dice que cobra, se enojan y le quieren dar un discurso sobre la humildad para justificar su tacañería. A él le cuesta decir que no, pero la gente que le pide para grabar no se dedica únicamente a la música.

“¿Te copás para tocar tal fecha?”, “¿te copás para grabarnos de onda, es que lo estamos haciendo todo a pulmón con la banda?”, “Nos gustaría que vengas a dar un taller de violín, no hay plata pero hago ricos mates”, “Tengo una banda y estamos queriendo poner un violín en algunos temas”. N de Nicolás, ¡No!

La calle versus el teatro

“Vos podés ser machista, sexista, homofóbico, facho, total sos violinista”, le dijo una chica, luego de que tocara su violín sentado en la mesa de un bar con amigos.

Nicolás estudia un mes para saber tocar 1:36 minutos. No sabe si reír o llorar. Le molestan los halagos de la gente que se le queda hablando, que cree que porque él toca el violín, es importante. Cree que hay personas que le dicen “que genio”, “que capo”, simplemente porque lo vieron, porque estaban ahí de casualidad. Se enoja, si fuera un genio no debería estudiar tanto.

Un “qué bien que suena ese violín” también lo disgusta porque, sostiene, el instrumento no puede hacer nada por sí mismo. Él cree que solo es una persona que hace su trabajo como corresponde.  Prefiere que le digan “me alegraste el día”, eso se lo decían algunas personas cuando tocaba en la calle. Es distinto, es producir un efecto con la música, alejada de la figura del virtuoso ejecutor. La buena música para Nicolás es la que está impulsada por un sentimiento verdadero, la que transmite un mensaje aunque no tenga letra, no requiere tener determinados conocimientos, solamente hay que escucharla para saber que hay algo bueno ahí.

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Foto: Belén Poviña

Su relación con otros músicos no siempre es buena. Le han dicho “vos no tenés banda porque en los ensayos sos insoportable”, pero solo había sugerido cómo se podría hacer mejor algo con un instrumento. Cuando da consejos, se encuentra con muchos músicos que le dicen “yo hago lo que quiero porque lo siento así”. Entre ellos están los violinistas de folclore, que se disgustan de los arreglos que les hace a las canciones. Esas personas que “no tienen interés de crecer”, que son “cerradas”, le causan enojo.

Cuando tocaba en la calle, mucha gente lo ignoraba, dando a entender que esa música ya la conocían. Algunos lo escuchaban y le decían que tenía que ir a tocar en cierta orquesta, sin pensar que él ya estaba tocando ahí. Alguna señora también le ha llegado a sugerir: “tenés que ir al programa de Tinelli”. Eran los niños los que muchas veces se detenían a escucharlo, pero sus padres solían tironearlos de los brazos y seguir de largo.

Una vez, lo contrataron del teatro de Castelar. Como llegó muy temprano, no tenía a dónde ir y tampoco tenía dinero, se puso a tocar en el túnel de la estación. En un momento, pasaron señores y señoras bien vestidas, con joyería de imitación, que lo miraron con cierto desprecio, haciendo como que no lo escuchaban. Se hizo la hora de la función, ingresó al lugar por una puerta trasera y subió al escenario junto a su compañero guitarrista. Se levantó el telón. Las mismas señoras que habían atravesado el túnel los estaban aplaudiendo fuertemente, aunque todavía no había empezado el show. Tocaron muchas obras, algunas eran difíciles. El público estaba muy contento. Luego, mientras esperaba en la puerta a que le pagaran, salieron las mismas mujeres y lo saludaron con un beso, impregnándole en su rostro sus maquillajes baratos.

Nicolás no cree llegar a ser una persona adinerada algún día, pero no le importa. Desea tocar buena música y hacer que la vida sea un poco menos dura para quienes lo escuchen. Mientras intenta llegar a una sociedad que no siempre está dispuesta a oírlo, su gran satisfacción es progresar día a día como músico. 

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