En el año 1966, para la revista Janus le preguntaron a Jorge Luis Borges que imaginaba para el porvenir de la humanidad. El contestó en su segundo párrafo que veía para futuros años “la desaparición de un género literario que hoy nos domina y nos rebaja: el periodismo”. Y agrega que la humanidad “se librará alguna vez de la extraña superstición de que cada doce o veinticuatro horas ocurren hechos importantes y dignos de que el mundo los sepa. Morirá la industria de fabricar noticias efímeras. Leeremos para la memoria, como los antiguos y los medievales lo hicieron, no para el olvido inmediato”.

Ese curioso optimismo de nuestro bardo (que puede encontrarse en sus Textos Recobrados 1956-1986) no deja de ser llamativo, porque si bien los diarios siguen diarios, la noticia ya era otra cosa que estaba supeditado a intereses comerciales: lo que para un diario puede ser noticia para otro no lo es. Hace muchos años se acuñaba una frase que era: “Yo compro X diario porque te cuentan otras cosas”. Hoy los diarios, los medios de comunicación masivos no cuentan otras cosas, sino aquello que les parece acorde a sus intereses. Bajo esta actualidad pero poniendo en foco a un pasado de redacciones y tinta, es que Jorge Bernárdez y Luciano Di Vito armaron #ElFinDelPeriodismo, un libro imprescindible para comprender los cambios estratégicos del periodismo en los años actuales, en donde una redacción se parece más a un call center que a escritorios con máquinas de escribir golpeando a cada segundo.

Lejos de hacer una apología del periodismo de los años 60, 70 y 80, los autores cuentan en una serie minuciosa de entrevistas (convertidas como testimonios en primera persona) las experiencias de una docena de colegas que parecen lejanas a esta época.

Los autores escogen un doble juego en el título del libro: el primero, podemos entender el fin del periodismo como un oficio (detalle lingüístico de importancia), es decir, como forma de contar lo que ocurre, como experiencia de una época en donde ser periodista era casi ser un bohemio. Los diferencian del periodismo como profesión, en la época actual, en donde se es más un empleado servil a los intereses de una patronal que no siempre les paga. El segundo juego, no menos importante, es sobre el “fin” del periodismo, es decir, de los objetivos que se plantea alguien al momento de sentarse a escribir frente a una pantalla. Los doce testimonios escogidos van por ese doble juego.

Los entrevistados circulan durante las 220 páginas como protagonistas de un momento en donde la nota escrita, pensada minuciosamente, de lectura extensa, era característica. Cherquis Bialo, Gerardo Rozín, Jorge Fernández Díaz, Fernando Cerolini, Beto Casella son ejemplos de periodistas formados en una redacción poblada de cigarrillos apagados. La noticia siempre fue una construcción, hasta que un día comprendimos que las construcciones se guían por intereses. El gran logro del libro (además de rescatar a estos periodistas como de recordar a otros como Carlos Abrevaya) es justamente la de criticar al periodismo desde el mismo sitio, para llamar la atención y ver hacia donde nos estamos dirigiendo.

Se habla, se grita, se lloriquea con respecto al debate sobre el rol de los medios. Bueno, Bernárdez y Di Vito lanzaron la primera piedra. Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

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