Al carecer de alas, generalmente las palabras son un incentivo para levantar vuelo. En el libro “En otra vida fuimos pájaros”, segundo opus poético de Valeria Sabbag, no solamente se busca dar cuenta de esa posibilidad, sino que en sus 31 composiciones nos enseña a hacerlo. Con un eje temático recurrente como el de la libertad y la poesía (¿acaso no son lo mismo?), este libro dividido en cuatro partes entrega textos largamente elaborados como brevísimos poemas de tres o cuatro versos.

La primera parte, “Paisajes”, evoca aquellos lugares en donde el recuerdo se hace más presente. Los paisajes son los que no volverán, los paisajes son el pasado. Algunas cosas, como “los ojos / la punta de una hora / la sastrería del alma / los días secos / que coleccionamos / con prolijidad / y tan bien”, que dice en “Frisé”, también son “la temprana inocencia / apenas / machada, / lo que fuimos / en un paisaje que ya / no se ve” (“Ojos como algodón”). El paisaje, el recuerdo, “en el intermedio / de la respiración” también son “la suspensión del bien”, como dice en “Borde”. Aunque eso que ya no volverá también es nuestra historia. Los paisajes también somos nosotros: “No importa / si la mano / está vacía. / Los ojos / deben estar llenos / hasta el borde / del paisaje / que acunamos / con un fuego” (“Ciertas veces”).

La segunda parte del libro, “Plumas”, es la comprensión cabal de que la poesía es la herramienta primordial de ese vuelo. Así lo demuestran versos como “Todo a mi alrededor/ se convertirá / en poema” (Aurora). Aunque también sabe no es una herramienta simple de usar, porque la poesía “es esa otra cara blanda / es nuestra parte blanca y blanda / en letras tímidas y lentas / en amor lanzado / al espacio / con forma de aire o rayo / de silueta y noche / de misterio”, como dice en “La poesía no es esto”, y agrega que ella “sabe con celo / de qué sabor es la tormenta / y sabe exacto dónde caben / sus pisadas / (…) / a mí la poesía / me mira / a los ojos” (“De qué sabor es la tormenta”). El arte de escribir versos también es un deseo: “quiero escribir / en un verso / que lo he intentado / que todos los que / somos / una cabeza / de flores / hemos tocado / el amor” dice en “Una cabeza de flores”, acaso el mejor poema del libro.

La tercera parte, “Néctar”, son breves poemas que pueden ser como la semilla o el fruto del vuelo de la artista. Pocos versos sirven para mostrar la duda: “qué quedará / cuando abramos / los ojos / y los besos / se hayan ido” (“Pronóstico”). O incluso una confesión: “cada vez que amo / soy un animal / alegre” (“Estado”).

La cuarta y última parte, “Canto”, es el vuelo, el idioma que la poeta logra en sus escritos para contar quién es. La libertad de dejarse atravesar por el tiempo y el espacio: “guardaré este día / en el ático de acrinieve / y perderé a propósito / la llave / en un lugar inusual / moldearé las puntas de / la miseria / hasta convertirlas / en una hamaca de ciprés / (…) / echaré de menos / ese toque de suerte / y dejaré que me atraviesen / las horas largas” dice en “Las horas”. Y en “Flotaciones”, el poema que cierra el libro, agradece, a la manera de Oliverio Girondo, a aquello que supo tener para poder estar ahora en vuelo. “Gracias cuerpo / estrella en el ojo / ángeles de shanti / pétalos que vuelan / lágrima que cae / de la roca / (…) / gracias mensaje / límpido / universo mágico / adorable / luz / paz / flotaciones / dios infrarrojo”.

Walt Whitman escribió alguna vez sobre sus “Hojas de Hierba” que quien toque ese libro estaba tocando a un hombre. El libro de Sabbag tiene esa particular característica: cuando lo leemos encontramos a la autora en cada verso. Recomendamos entonces buscar este libro y no soltarlo, porque cuando menos se lo espera, el vuelo ya se hizo realidad.

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