Voy llegando a la facultad y las veo, sentadas contra la pared, cerca del Musimundo. “Fanáticas de algún cantante”, pienso, mientras veo a las chicas y alguna que otra madre paciente. La escena ya me resulta conocida, es común la firma de Cd’s ahí.

Pienso en Melina Romero, la retratada como “fanática de los boliches” para justificar la falta de ganas que se puso en su búsqueda. Clarín poco aprendió de ese caso: este año no tuvo ni una nota sobre la búsqueda de Araceli Fulles hasta que apareció el cuerpo. Recién ahí esbozó un perfil de la víctima y tituló “Fana de Callejeros, del Indio Solari y el amor por River tatuado en la piel”. Otra vez una piba poco buscada, otra vez una piba asesinada, otra vez una fanática.

Entendemos el fanatismo como un apasionamiento un poco desmedido hacia algo o alguien. Una pasión que en las mujeres sólo ubicamos en la adolescencia, porque después tenemos que ser más “medidas” en nuestras aficiones. En los varones, en cambio, se acepta que sean “fanáticos” de un club de fútbol a cualquier edad. No lo creo casual: el fanatismo nos saca de nuestras casas, por horas y a veces por días enteros. Nos lleva a la calle para conseguir un autógrafo, entrar primera a un recital, para bailar en un boliche. Crecemos y tenemos que ser más recatadas, salir sólo para trabajar, estudiar, hacer las compras o buscar a los chicos al colegio. No hay lugar para pasiones o deseos que nos saquen del hogar, mientras que los varones pueden seguir saliendo y vincularse cada fin de semana en la cancha.

Tanto a Melina como a Araceli se las culpa de lo mismo, de salir a la calle y tener los hábitos de libertad que se restringen en las mujeres. Antes de que aparezcan se las acusaba de “andar por ahí”, fugadas, en la cama de un macho (porque no importa lo descarriladas que estuvieran, nunca se las ubica desviadas de la heteronorma, en la cama de otra mujer). Después de aparecer asesinadas esas mismas acusaciones son su sello en la tumba.

Se habló del apasionamiento por las salidas de Melina como el motivo que la empujó a la muerte, pero no se habló casi de las cosas por las cuales quería vivir. Su madre relata la pasión que sentía por los animales. Melina siempre tuvo un rumbo, quería ser veterinaria desde los 5 años. Había dejado el secundario, sí, pero había prometido retomarlo el año siguiente. Sus profesores la esperaban con cariño y la recordaban como una piba muy decidida, sociable y divertida. Si siguiera viva, hubiera cumplido 20 años el mes pasado. Quizás estaría sacándose de encima las ultimas materias o cursando el primer año del CBC. Nunca lo vamos a saber. Lo que si sabemos es que a más de 3 años de su asesinato la causa se acerca a la impunidad. En noviembre empieza el juicio con un sólo imputado, Joel “chavo” Fernandez; sin fiscal, con un sobreseímiento prematuro de los otros implicados y con una acusación a la única testigo por “falso testimonio”, desmentido anteriormente por las pericias de la defensa.

Araceli Fulles
Araceli Fulles

Con Araceli, después del silencio inicial y su posterior descripción de fanatismos, Clarín fue un poco más amable y rescata los detalles que omitió con Melina: la cercanía con su madre, con sus amigos, el plan nuevamente trunco de retomar el secundario. Quizás cambió el enfoque porque es difícil culparla a ella misma por su destino cuando hay pruebas mucho más fuertes contra los acusados. Melina, para la justicia y para la prensa, pareciera que se mató sola. De Araceli, al menos, se entiende que no se enterró ella misma en la casa de la familia de Darío Badaracco. Estarían imputados él y cuatro personas más, con acusaciones de participación y encubrimiento, aunque a los otros imputados ya se les dio libertad hasta el juicio por “falta de pruebas”.

Armo algunos párrafos y busco información en la clase en epistemología, mientras la profesora habla algo sobre la ética. Pienso en la ironía de escuchar eso mientras en la pantalla del celular titila la nota de “fanática de los boliches”. Quisiera saber dónde quedó la ética periodística. Salgo de la facultad y veo más fanáticas sentadas en la vereda. Cruzo la mirada con una de las madres y medio nos sonreímos. Creo que ambas sentimos ternura por esa pasión adolescente que las hace tomar las calles, que las empuja a vivir y que nunca debería ser justificativo de una muerte. Pienso en lo contenta que habrá estado Melina festejando su cumpleaños en un boliche. En la sonrisa de Melina en el recital del Indio. Vivas, libres y deseantes las quisiera. Fanáticas y apasionadas las quiero a todas.

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