El estreno de la película argentina “Alanis” (Berneri, 2017) protagonizada por la actriz Sofía Gala Castiglione, colocó en primer plano a la joven debido a su papel como meretriz pero, sobre todo, por instalar en la televisión abierta una de las discusiones académicas y militantes más antiguas y fervorosas dentro del campo de los estudios de género: ¿Qué opinión tiene el espectador respecto a la prostitución?

Si bien el foco de la discusión podemos depositarlo en qué entendemos por trabajo¹, qué diferencias podría establecerse (o no) con otros tipos de labores e incluso si existe (o no) diferencia respecto a la trata², es interesante además observar continuidades respecto a los discursos en torno a la prostituta, como aquel cuerpo históricamente medicalizado³, culpabilizado y estigmatizado.

Hacia el año 1936 se sancionaba en Argentina la Ley 12.331 de Profilaxis de las Enfermedades Venéreas, de esta manera, se le daba prioridad como política de salud al tratamiento de la sífilis, chancro blando y blenorragia, debido a las consecuencias físicas y psicológicas de su propagación. Entre aquellos puntos que contemplaba la legislación – ver Certificado Médico Prenupcial como política social –  estuvo la prohibición de prostíbulos o locales donde se incitara al ejercicio de lenocinio, así pues, la prostitución quedaba directamente relacionada con la propagación de las enfermedades venéreas – en el origen de la palabra venérea ya podemos rastrear esta idea. Venereo/a  proviene de Venus, diosa de la belleza, la sexualidad y el amor- y, por ende, de la degeneración de la raza.

De esta manera, la sociedad de los años treinta influenciada por las ideas de la eugenesia –Biernat (2005) y Rodríguez (2014)- que abogaba por el nacimiento de niños sanos y fuertes, sin enfermedades que pudiesen afectar estética pero sobre todo productivamente al país, colocaba a la prostituta como el gran mal. Así pues, se acuñó la idea de la degeneración, que si rastreamos en el Diccionario de la Real Academia Española en términos médicos refiere “(a la) pérdida progresiva de la normalidad psíquica y moral y de las reacciones nerviosas de un individuo a consecuencia de las enfermedades adquiridas o hereditarias.”

The-Kiss

Es interesante indagar que dentro del discurso de doble moralidad de la época estaba mal visto que el varón recurriera a “satisfacer” sus deseos carnales con meretrices, pero era disculpado mientras mantuviese un matrimonio sólido en el cual su esposa renunciaba al goce sexual en pos de cuidar de la casa, de los hijos y de él (Guy, 1994; Mujica, 2001). Pero el problema radicaba en las supuestas consecuencias que su accionar traería, ya que según los médicos, toda prostituta estaba enferma (Miranda, 2005), entonces aquellos hombres de “instintos bajos” contraerían el virus, luego se lo trasmitirían a sus esposas sanas y, con ellas, a la progenie.

En suma, en los años treinta ya aparece la meretriz como la culpable de una de las mayores problemáticas de salud pública y moral, desposeída de cualquier derecho político o de salud sobre su integridad física y psicológica, casi como un mero “vector” de enfermedades. Por tanto, surge de manera reiterada la idea de que era imposible el ejercicio de la prostitución por propia voluntad, por el contrario, algunos médicos patologizaban su condición, mientras que otros la criminalizaban (Nari, 2004: 87). Las dos visiones formaban parte de una misma concepción que continúa hasta nuestros días: ninguna mujer estando en su sano juicio se “entrega al comercio sexual”.

Ahora bien ¿Es posible pensar que pasamos de la idea de la prostituta degeneradora de la raza a la trabajadora sexual degeneradora del feminismo? Posiblemente sí, debido a que los reclamos de las trabajadoras sexuales mueven los cimientos de un movimiento que se presenta en casi todos sus reclamos homogéneo, pero al discutir respecto a la libertad de los cuerpos jerarquiza sus partes, en una suerte de medicina del trabajo hipermoralizada. Dicho de otro modo, la degeneración ya no es biomédica y afecta a la Nación, en cambio, es una degeneración política que afecta al feminismo y produce la estigmatización de las trabajadoras sexuales privándolas de derechos laborales y de salud.

La supuesta pérdida de “normalidad” (y moralidad) dentro del movimiento feminista, las coloca en el lugar de estigmatizadas, por este motivo, se deslegitima cualquier práctica y obliga a tener que desplegar una maquinaria de saberes y actitudes, posiblemente estresantes, que a las “normales” (abolicionistas) no se les demanda. Entre estos ejemplos está demostrar poder ser buenas madres, esposas, estudiantes y ejercer el trabajo sexual. O sea, una suerte de vigilancia del feminismo “legítimo” hacia el “ilegítimo”. Como bien afirma la teoría del estigma (Goffman, 2015), esto genera una gran ansiedad en el estigmatizado, ya que en cada encuentro con los otros (“los normales”) no saben qué tipo de recepción podrá tener, si de rechazo o aceptación.

Para finalizar, más allá de que el debate sobre la prostitución siempre presenta nuevas aristas, vale la pena (o mejor dicho la alegría) que las trabajadoras sexuales lejos de quedarse en el lugar de sujetos pasivos que se avergüenzan y reniegan del lugar que les asignaron, abrazan el corset (¡qué idea tan ilustrativa!) que les asignaron y toman el estigma para hacerlo bandera: la puta madre, la puta esposa, la puta militante, la puta trabajadora, la puta que interpela a la audiencia de un programa de televisión abierta.


¹ Para una revisión del concepto de trabajo podemos recurrir a autores clásicos como Marx (2007) y Smith (2011)

² Para profundizar la discusión se leer a Barrancos (2008), Lamas (2014), Santoro (2015), Felitti & Morcillo (2017).

³ Comprendemos el proceso de medicalización desde el concepto de Modelo Médico Hegemónico (Menéndez, 1990)

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